MAS QUE UN VIAJE FUE UN SUEÑO






MÁS QUE UN VIAJE, FUE UN SUEÑO

Hay lugares que uno no descubre en un mapa, sino mucho antes, en ese territorio indefinido de la imaginación donde nacen los sueños.

Son lugares que, durante la adolescencia, contemplamos como paraísos remotos, casi míticos; nombres que aparecen en los atlas y que parecen pertenecer a otro mundo. Lugares tan lejanos que uno llega a pensar que jamás estará allí. Permanecen durante años en algún rincón de la memoria, como una promesa que el tiempo parece haber olvidado.

Hasta que un día, cuando la vida comienza a mostrarnos que no disponemos de un tiempo infinito y que las últimas páginas de nuestra historia empiezan, aunque no queramos admitirlo, a estar más cerca que las primeras, comprendemos que algunos sueños no pueden seguir esperando.

Entonces llega el momento de hacerlos realidad.

A mí me ocurrió con Rapa Nui.

Muchos me han preguntado:

—¿Por qué fuiste a la Isla de Pascua?

Y siempre he respondido lo mismo:

Porque más que un viaje, fue un sueño.

Un sueño que había vivido conmigo durante muchos años. Al principio fue apenas una imagen: una pequeña isla perdida en la inmensidad del Pacífico, unos gigantes de piedra mirando hacia un horizonte que parecía no terminar nunca y un nombre extraño, casi mágico: Rapa Nui.

Con el paso del tiempo aquella imagen dejó de ser simplemente curiosidad. Se convirtió en deseo. Y el deseo, poco a poco, en una necesidad íntima.

No sabía exactamente qué esperaba encontrar allí.

Quizá por eso necesitaba ir.


ALLENDE DE LOS MARES

Allende de los mares, allí donde el océano parece haber borrado cualquier referencia con el mundo conocido, se encuentra Rapa Nui, la Isla de Pascua.

Una pequeña porción de tierra perdida en la inmensidad del Pacífico, a unos 3.700 kilómetros de la costa continental de Chile y aproximadamente 4.000 kilómetros de Tahití.

Cuando uno observa esas distancias sobre un mapa comprende inmediatamente que Rapa Nui no es simplemente un lugar remoto.

Es un lugar apartado del mundo.

Su forma triangular, consecuencia de su origen volcánico, apenas alcanza los 166 kilómetros cuadrados. Tres grandes volcanes —Rano Kau, Terevaka y Poike— contribuyeron a formar una tierra de relieve ondulado, de aspecto austero y, en determinados lugares, casi desolado.

Pero hay algo difícil de explicar en Rapa Nui.

La isla no parece simplemente estar en medio del océano.

Parece suspendida en él.

Y quizá sea esa sensación de aislamiento la que hace que, desde el primer momento, uno tenga la impresión de haber abandonado una parte del mundo para entrar en otra.

Un mundo donde el tiempo parece comportarse de otra manera.


EL LUGAR QUE HABÍA IMAGINADO TANTAS VECES

Durante años había imaginado cómo sería encontrarse frente a un moái.

Había visto fotografías, documentales, libros, mapas.

Creía conocerlos.

Pero hay cosas que ninguna fotografía puede explicar.

Porque una fotografía puede mostrarte su tamaño, su forma, su posición en el paisaje. Puede enseñarte el color de la piedra, la luz del amanecer o la intensidad de una puesta de sol.

Pero no puede transmitir completamente lo que se siente cuando estás delante de ellos.

La primera impresión es física.

Son enormes.

Después llega otra sensación, más difícil de definir: la de estar delante de algo que pertenece a un tiempo absolutamente distinto al nuestro.

Los moáis no parecen simples esculturas.

Son presencias.

Permanecen allí, inmóviles, silenciosos, contemplando un mundo que ha cambiado innumerables veces desde que fueron levantados.

Han visto pasar generaciones.

Han visto desaparecer culturas, cambiar las costas, llegar barcos, marcharse barcos, aparecer carreteras, construirse viviendas y crecer una sociedad completamente diferente de aquella que los creó.

Y ellos continúan allí.


¿QUIÉN CONTEMPLA A QUIÉN?

Cuando te plantas frente a los moáis aparece una pregunta inevitable:

¿Quién contempla a quién?

Uno llega hasta ellos creyendo que va a observarlos.

Pero después de unos minutos comienza a tener la extraña sensación de que son ellos quienes te observan a ti.

Erguidos, majestuosos, alineados en perfecta formación, parecen desafiar nuestra propia escala humana.

Y entonces ocurre algo curioso.

Uno se siente pequeño.

No solamente pequeño físicamente.

También pequeño frente al tiempo.

Porque nosotros llegamos, miramos, hacemos una fotografía y seguimos nuestro camino.

Somos viajeros.

Somos visitantes.

Somos, en definitiva, aves de paso.

Ellos, en cambio, permanecen.

Estaban allí antes de nosotros y, probablemente, seguirán allí cuando nosotros ya no estemos.

Quizá por eso producen una impresión tan poderosa.

Porque nos recuerdan algo que normalmente intentamos olvidar: nuestra presencia en el mundo es breve.

Ellos representan exactamente lo contrario.

La permanencia.


LA PUESTA DE SOL

Hay momentos durante un viaje que no se pueden programar.

Puedes preparar el itinerario, reservar hoteles, estudiar mapas y decidir qué lugares visitarás cada día.

Pero hay instantes que suceden simplemente porque tienen que suceder.

Uno de ellos llegó al atardecer.

El sol comenzaba a descender lentamente sobre el Pacífico. La luz fue perdiendo intensidad y adquiriendo ese tono dorado que transforma durante unos minutos todo lo que toca.

Frente a mí estaban los moáis.

Y detrás de ellos, el océano.

El sol descendía lentamente hasta desaparecer en la inmensidad del Pacífico, mientras las figuras de piedra iban convirtiéndose poco a poco en siluetas oscuras.

Durante unos instantes pareció que el tiempo se había detenido.

No había nada que añadir.

No hacía falta música.

Ni palabras.

Ni siquiera movimiento.

Solo aquellos gigantes de piedra, el océano infinito y un sol que desaparecía lentamente detrás del horizonte.

Fui un mudo testigo de aquel instante.

Y quizá porque sabía que aquella escena duraría solamente unos minutos, comprendí que estaba asistiendo a algo que no volvería a repetirse exactamente de la misma manera.

Entonces hice algo muy sencillo.

Saqué la cámara.

La coloqué en el suelo para conseguir estabilidad, preparé una exposición prolongada y esperé.

El disparo llegó cuando el sol ya comenzaba a esconderse.

Y la fotografía capturó algo más que una imagen.

Capturó un instante.

Mi instante.


UNA FOTOGRAFÍA Y UN RECUERDO

Con el tiempo, aquella fotografía se convirtió para mí en algo mucho más importante que una simple imagen de viaje.

Porque cuando la miro no veo solamente los moáis recortados contra el cielo.

Veo aquel momento.

Recuerdo dónde estaba.

Recuerdo la luz.

Recuerdo el silencio.

Recuerdo la sensación de estar en un lugar que durante tantos años había pertenecido únicamente a mi imaginación.

La fotografía tiene esa capacidad extraordinaria.

Puede detener lo que la vida no detiene.

El tiempo continúa avanzando, nosotros cambiamos, los lugares cambian y las circunstancias cambian.

Pero una fotografía puede conservar durante décadas unos segundos que, de otro modo, desaparecerían para siempre.

Aquella puesta de sol quedó allí.

Detenida.

Como quedaron detenidos, mucho antes, los rostros de los moáis.


EL MISTERIO

Pero Rapa Nui no es solamente un paisaje extraordinario.

Es también una pregunta.

Una pregunta gigantesca escrita en piedra.

¿Cómo fue posible que una sociedad que habitaba una isla tan pequeña y aislada desarrollara una tradición monumental de semejante magnitud?

¿Qué significaban realmente aquellos gigantes?

¿Qué historias representaban?

¿Qué ceremonias acompañaron su construcción?

¿Cómo fueron trasladados?

¿Por qué algunos quedaron abandonados en las laderas de Rano Raraku?

¿Qué ocurrió con aquella sociedad?

Son preguntas que han alimentado durante décadas la imaginación de investigadores, historiadores, arqueólogos y viajeros.

Pero quizá una de las mayores virtudes de Rapa Nui sea precisamente que no responde completamente.

Porque hay lugares que pierden parte de su magia cuando conocemos todas sus respuestas.

Rapa Nui conserva todavía ese espacio para el misterio.


EL TIEMPO FRENTE A NOSOTROS

Quizá esa sea la verdadera razón por la que este viaje significó tanto para mí.

No fui únicamente a ver los moáis. Fui a encontrarme con el tiempo.

Con el tiempo que pasó antes de nosotros. Con el tiempo que continuará después. Allí, frente a aquellas figuras inmensas, comprendí de una manera especialmente clara algo que todos sabemos, pero que pocas veces sentimos de verdad: que nuestra vida es extraordinariamente breve. Nos pasamos buena parte de ella esperando. Esperamos el momento adecuado. El momento de viajar. El momento de descansar. El momento de hacer aquello que realmente queremos. Pensamos que siempre habrá tiempo. Hasta que un día descubrimos que el tiempo no espera. Por eso algunos sueños no deberían aplazarse indefinidamente. Hay que ir a buscarlos.


MÁS QUE UN VIAJE

Cuando regresé de Rapa Nui, la isla no se quedó allí.

Una parte de ella regresó conmigo.

Porque hay viajes que terminan cuando tomas el avión de vuelta.

Y hay otros que continúan mucho después.

Continúan en las fotografías.

En los recuerdos.

En las preguntas.

En las noches en las que vuelves mentalmente a aquel lugar y puedes reconstruir un paisaje, una luz, un sonido o un instante.

Rapa Nui pertenece a esos viajes.

Ahora, cuando alguien vuelve a preguntarme:

—¿Por qué fuiste a la Isla de Pascua?

Ya no necesito explicarlo demasiado.

Porque sé que, en realidad, no fui solamente a una isla situada en mitad del Pacífico.

Fui a buscar un lugar que durante muchos años había vivido en mi imaginación.

Fui a encontrarme con aquellos gigantes de piedra que tantas veces había visto en fotografías.

Fui a contemplar el océano desde uno de los lugares más remotos del planeta.

Fui a perseguir una puesta de sol.

Fui a hacer realidad algo que durante mucho tiempo había parecido imposible.

Fui a cumplir un sueño.

Y quizá esa sea la mejor definición de algunos viajes.

No son desplazamientos.

No son vacaciones.

No son simplemente destinos que tachamos de una lista.

Son capítulos que necesitamos escribir antes de que se cierre el libro.

Porque hay sueños que, si no los hacemos realidad, permanecen para siempre en nuestra memoria como una pregunta.

Y hay otros que, cuando finalmente los cumplimos, dejan de ser sueños para convertirse en recuerdos.

Rapa Nui es uno de esos recuerdos que sé que me acompañarán hasta la última página.

 











AHU AKIVI - ISLA DE PASCUA


AHU AKIVI - ISLA DE PASCUA







AHU AKIVI

Este enigmático ahu que recibe el apodo de “7 moai” se encuentra al noroeste de Hanga Roa, cerca de la red subterránea Te Pahu. Sus siete moai miran hacia el lejano océano (a diferencia del resto de las estatuas, que siempre miran hacia el interior de la isla para proteger con su mana a los clanes). Nadie conoce con certeza el rol exacto que tuvo este lugar ceremonial, aunque se cree que este lugar era de utilidad para los astrónomos pascuenses. Los moai están alineados de espaldas al sol levante, orientados según la línea solar del equinoccio. Un minúsculo ahu los observa desde el otro lado de la planicie. Data del 1500 d. C. Es el primer Ahu restaurado científicamente en la Isla el año 1960 por William Mulloy y Gonzalo Figueroa. La Plataforma con 7 moai se enfrenta al sol naciente equinoccial. Según el folklore reciente representaría a los 7 jóvenes exploradores enviados antes del arribo de Hotu Matua 'a para reconocer la Isla por el espíritu de Haumaka desde Hiva.

Ahu Akivi - Ahu o altar con 7 estatuas con sus miradas orientadas hacia la caída del sol (mar). Son los únicos moais que miran hacia la costa.

Ubicado en las laderas del Volcán Maunga Tereveka, esta plataforma estuvo conformada por siete moais, todos enviados por el rey Hotu Matu’a. La particularidad de este ahu es que las estatuas están mirando en dirección al mar; algo extraño si se considera que el resto de los moais miran hacia las aldeas para proteger a los habitantes.

































Aquí estaban, mudos testigos de la historia, fieles guardianes del ancestral secreto de la isla, erguidos y con esa presencia permanente, acariciados por la brisa constante de Pacifico y por el silencio del recóndito lugar alejado del mundanar ruido,en uno de los rincones más enigmáticos de la Tierra
Intentaremos descubrir que significan los Moai, los ojos que miran al cielo.
Pascua es una pequeña isla de aproximadamente 80 kilómetros cuadrados, del Océano Pacífico en la Polinesia, ubicada a 3.760 Km de la costa de Chile, país al que pertenece desde 1888, y es famosa por las gigantescas efigies de piedra, conocidas también como moai. Su nombre indígena es Rapa-Nui, o también se le conoce como Marakiterani o ” los ojos que miran al cielo “.
Los moai son figuras de piedra de enormes dimensiones con forma humana cubiertas con algo que parece un sombrero cilíndrico. Las gigantescas cabezas sobresalen del árido suelo, tienen las orejas largas y grandes, y miran hacia el sol como esperando la llegada de algo o alguien, de manera algo altanera.
Fue descubierta la tarde del Domingo de Pascua de 1.722 por el marino holandés Jacob Roggeveen. Ese mismo día, la expedición de Roggeveen partió, no sin antes hostigar a los nativos de la isla, debido a que los indígenas se encargaron de robarles algunas de sus pertenencias, entre ellas muchos… ¡sombreros!.
En 1.770 el español don Felipe G. Ahedo desembarcó en la isla y tomó posesión de ella en nombre del rey de España, llamándola: San Carlos, nombre que después fue olvidado y retomó el de Pascua. Después, en 1.774, el capitán inglés James Cook visita la isla y halló restos de antiguos e inteligentes pobladores, debido a sus construcciones, caminos pavimentados, instalaciones portuarias y numerosas aldeas que fueron hechas a base de piedra.
En la isla existen diferentes grupos de estatuas:
• Doscientas setenta y seis hacen guardia en las laderas del volcán.
 • Trescientas están derribadas sobre los ahus que rodean los altos acantilados de la isla.
 • Otras están a lo largo de antiguos caminos.
 • 80 quedaron sin terminar.
Algunas que estuvieron montadas sobre plataformas funerarias son bustos enormes, sin piernas y a veces alcanzan los 10 metros de altura y 7,6 metros de diámetro y pesan 20 toneladas, tienen un cilindro, un rojo copete de 1,8 x 2,4 m y se supone que estos “sombreros” fueron extraídos del cráter del volcán Rano Roi.Se diferencian de las otras por tener los ojos abiertos y estar mirando a la tierra, de espaldas al mar.
Las estatuas que impresionan son las que están en las laderas del Rano Raraku. Sus narices se vuelven hacia arriba y sus delgados labios se proyectan hacia adelante en un gesto de burla y desdén. Carecen de ojos y las proyecciones descendentes a los costados pueden representar orejas alargadas o una prenda para la cabeza. La más grande es de veintidós metros y la más pequeña de tres.
Los primeros pobladores
Robert Longdon, un inglés, afirma que los primeros en llegar fueron unos navegantes enviados por el faraón egipcio Ptolomeo III.  Una de las teorías que más predomina, es que Pascua fue poblada en el siglo V por polinesios procedentes de Asia. Que para descubrir la remota isla de Pascua tuvieron que navegar casi hasta la Antártida a fin de encontrar la corriente meridional y evitar la corriente de Humboldt que fluye hacia el oeste.
Otra teoría dice que para el siglo IV d.C. llegó una tribu al mando de un rey llamado Hotu-Matua, quienes tenían técnicas bastante desarrolladas para esculpir la piedra. Una de las características también del Perú.
 Thor Heyerdahl defiende ésta última. En 1947 hizo un viaje desde Perú, que duró 102 días, hasta llegar al archipiélago Tuamotu. Heyerdahl sostenía que los navegantes americanos eran blancos caucásicos, inmigrantes no identificados del Mediterráneo, los “hombres blancos barbados”, que habían construido la ciudad de Tiahuanaco a 3800 metros de altura en los Andes. Ellos habían viajado mas de 3.000 Km hacia la isla de Pascua donde erigieron cientos de gigantescas estatuas de piedra que representaban a los crueles y desdeñosos antepasados caucásicos.
El entonces alcalde del lugar, don Pedro, un hombre de cabello rojizo, contó al investigador noruego el por qué era diferente a los demás: era descendiente de los “orejas largas”, los supuestos antiguos pobladores de la isla. Eran llamados así porque colgaban pesas del lóbulo de sus orejas para alargarlas. Provenían del Perú.
 Existían además los “orejas cortas”, polinesios provenientes del Oeste. Los primeros tenían o creían tener un origen divino y esclavizaron a los segundos, quienes se ocupaban de las labores más pesadas. Pero un buen día los “orejas cortas” se revelaron contra sus amos y los echaron a una zanja que habían hecho. Sólo quedó con vida uno de los “orejas largas”, del cual descendía el alcalde. Heyerdahl efectivamente encontró restos humanos en donde supuestamente fueron enterrados los “orejas largas”.
En los años 30 el astrólogo francés Dom Neroman afirmaba que la isla estuvo poblada por una civilización de origen hindú que estaba instruida en los secretos del Cosmos, conocía además un sistema capaz de crear en el planeta polos positivos para atraer ondas benéficas y polos negativos para hacer lo contrario. Henry Lavachery, sostenía que la isla tuvo una especie de escuela de estrellas, en donde enseñaban a los elegidos sobre los peligros y beneficios de los astros y sus visitantes.
Thor Heyerdahl, por su parte, en su expedición también descubrió una especie de observatorio solar en la cumbre del volcán Rano Raraku, donde se hallaron gran cantidad de estatuas.
En los sesenta William Mulloy afirmó que: “la isla de Pascua es uno de los lugares más aislados del mundo, y sin embargo, con una población que nunca superó los cuatro mil habitantes, encontraremos contrastes de complejidad cultural, textos que no están relacionados con ningún material escrito exterior, una política capaz de planificar y coordinar las obras públicas, un sacerdocio organizado y un interés en fenómenos celestes como los equinoccios y los solsticios”. Según Mulloy, la isla de Pascua estuvo habitada, hace milenios por seres no terrestres, quizás mucho antes de los “orejas largas”.
¿Estamos hablando de seres venidos de otras galaxias?
Quizá, pues muchas leyendas locales hablan de que un día al año, el sol penetraba hasta el interior de las cabezas como una especie de rayo que les daba vida y eran conducidas al lugar asignado, de ahí que cuando se les pregunta a los pobladores “¿cómo fue que las efigies llegaron a ese lugar?”, ellos únicamente responden “a pie”.
Parece que esperan la llegada de alguien ¿del mar?, ¿del cielo?. Los mismos indígenas aseguran que fueron transportadas por naves que volaban. Les dejamos un par de videos donde se puede ver de manera más gráfica la Isla de Pascua:


Desde Hanga Roa
Sea cual sea tu destino, comienza tu excursión muy temprano. La salida del sol es uno de los momentos más mágicos y nada es comparable con presenciarlo cuando sale del mar tras la silueta de un grupo de moais. Y qué mejor si se trata del Ahu Tongariki, el más grande e impresionante de la isla, situado en su extremo oriente. Está formado por quince estatuas que se yerguen majestuosas frente al mar y el volcán Maunga Pu A Kaitiki. Como todos los moais de la isla, estos también fueron levantados recientemente.

Aprovechando el desplazamiento, puedes seguir con la visita a la cantera del volcán Rano Raraku. Sobre la ladera sur verás esparcidos más de cien moais ya terminados que quedaron abandonados a medio camino de su destino final. Una vez en la cantera te lo pasarás en grande descubriendo los pormenores del arduo trabajo de escultura de la toba volcánica. Descubrirás docenas de estatuas aún adheridas a la roca madre, a veces camufladas entre la vegetación. Busca y disfruta de la majestuosidad del moai más grande de la cantera, de 21 m, y del llamado Tukuturi, de aspecto muy distinto a cualquier otro de la isla. De un total de casi 900 moais existentes en la isla, unos 500 están la cantera y las laderas del volcán.











RANO RARAKU




RANO RARAKU


Rano Raraku - Conocida como la fábrica de los moais, en este volcán se fabricaron estas enormes estatuas. Se pueden apreciar alrededor de 400 estatuas en distintos momentos de construcción y transporte, actividad que parece haber sido abandonada de un día para otro, sin que exista hasta hoy una explicación por este acontecimiento.

- Extraordinario volcán, posee una laguna interior de 1 kilómetro de diámetro y con 280 metros de profundidad, con una hermosa vegetación compuesta principalmente de totora y juncos. 
Museo Antropológico Padre Sebastián Englert - El museo alberga una interesante colección arqueológica y bibliográfica especializada sobre la cultura local. Destacan representaciones pictóricas, elementos religiosos, figuras talladas, así como el único Moai femenino.

 Los más de 600 moáis conocidos tallados por los antiguos rapa nui están distribuidos por toda la isla. La mayoría de ellos fueron labrados en toba del volcán Rano Raraku, donde quedan 397 moáis más en diferentes fases de acabado. Todo indica que la cantera fue abandonada repentinamente, quedando estatuas a medio labrar en la roca. Prácticamente todos los moáis terminados fueron posteriormente derribados por los isleños nativos en el período siguiente al cese de la construcción.

En un principio, estas estatuas gigantes llevaban también unos copetes o moños de piedra roja, llamados pukao, que pesan más de 10 toneladas, que se extraían en el cráter de Puna Pau, a veces muy lejos de las estatuas. Además, después debían ser levantados a la altura debida para colocarlos sobre las cabezas.1

En 1978, se descubrió que en las cavidades oculares se colocaban placas de coral a modo de ojos. Estos fueron retirados, destruidos, enterrados o arrojados al mar, en donde también se han localizado. Esto concuerda con la teoría que los mismos pobladores los derribaron, quizás durante guerras tribales.

Los primeros navegantes europeos que a comienzos del siglo XVIII llegaron a la Isla de Pascua no pudieron creer lo que estaban viendo. En esa pequeña área de tierra, descubrieron cientos de estatuas enormes sobre la superficie de toda la isla.
Significado







El significado de los moáis es aún incierto, y hay varias teorías en torno a estas estatuas. La más común de ellas es que las estatuas fueron talladas por los habitantes polinesios de las islas, entre los siglos XII y XVII, como representaciones de antepasados difuntos, de manera que proyectaran su mana (poder sobrenatural) sobre sus descendientes.

Debían situarse sobre los ahus (plataformas ceremoniales) con sus rostros hacia el interior de la isla y tras encajarles unos ojos de coral o roca volcánica roja se convertían en el aringa ora (rostro vivo) de un ancestro.

¿Quién construyó las estatuas?
Thor Heyerdahl es un entusiasta que defiende la idea de que las islas de la Polinesia fueron pobladas por indios americanos que navegaron desde Perú hacia el oeste. En 1947 hizo un viaje de 4000 millas desde Perú, que duró 102 días, hasta llegar al archipiélago Tuamotu. Heyerdahl sostenía que los navegantes americanos eran blancos caucásicos, inmigrantes no identificados del Mediterráneo, los “hombres blancos barbados”, que habían construido la ciudad de Tiahuanaco a 3800 metros de altura en los Andes.

Ellos habían viajado 2000 millas hacia la isla de Pascua donde erigieron cientos de gigantescas estatuas de piedra que representaban a los crueles y desdeñosos antepasados caucásicos. Las famosas estatuas de la isla de Pascua no fueron esculpidas por una raza olvidada que quedó sumergida por un gran cataclismo. Ningún hundimiento geográfico se produjo allí, sino que se formó por erupciones volcánicas y esta rodeada por un abismo de 1145 brazas de profundidad que se extiende por 16 kilómetros. Ninguna tierra pudo desaparecer y dejar tal depresión.

Otro argumento sostiene que sus colonizadores llegaron de la Polinesia. Para descubrir la remota isla de Pascua habrían debido derivar casi hasta la Antártida a fin de encontrar la corriente meridional y evitar la corriente de Humboldt que fluye hacia el oeste. En la isla existen diferentes grupos de estatuas.Doscientas setenta y seis hacen guardia en las laderas del volcán; trescientas están derribadas sobre los ahus que rodean los altos acantilados de la isla, otras están a lo largo de antiguos caminos, y 80 quedaron sin terminar.Estos grupos son diferentes; algunas que estuvieron montadas sobre plataformas funerarias son bustos enormes, sin piernas y a veces alcanzan a 10 metros de altura y 7,6 metros de circunferencia y pesan 20 toneladas; tienen un cilindro, un rojo copete de 1,8 x 2,4 m y se supone que estos “sombreros” fueron extraídos del cráter del volcán Rano Roi.
Se diferencian de las otras por tener los ojos abiertos y estar mirando a la tierra, de espaldas al mar. Las estatuas que aterran son las que están en las laderas del Rano Raraku. Sus narices se vuelven hacia arriba y sus delgados labios se proyectan hacia adelante en un gesto de burla y desdén. Carecen de ojos y las proyecciones descendentes a los costados pueden representar orejas alargadas o una prenda para la cabeza. Tienen entre 5 y 8 metros de altura, la más grande es de veintidós metros y la más pequeña de tres.

Tres investigadores notaron estilos distintos que suponen dos períodos de construcción ¿Cómo fueron transportadas y erigidas? Este es un enigma para el que no se ha encontrado ninguna respuesta satisfactoria. Los isleños carecían de madera (si se pudiera pensar en posibles rodillos) y cuerdas de izar.Aún más oscura es la cuestión del modo en que se erigieron los copetes sobre las cabezas de las estatuas.

Tanto las leyendas de los isleños como los estudios realizados son insuficientes para identificar a sus constructores. A lo sumo se puede decir que esas estatuas tienen cierta afinidad con las de Perú, aunque hay otros elementos de la cultura peruana que eran desconocidos en la isla de Pascua. Heyerdahl no consiguió convencer a los etnólogos ortodoxos con su teoría del origen sudamericano de las culturas del Pacífico. El quid del problema parece residir en el repentino cese de la construcción de las estatuas después de las masacres de las Orejas Largas. La construcción parece haber sido iniciada por una raza desconocida, los “otros”, que obligó a los inmigrantes polinesios a trabajar en una tarea inútil. La verdadera historia de la isla probablemente se perdió en 1862 cuando los hombres que entendían las tabletas de Rongo-Rongo, y que habían memorizado las tradiciones orales, fueron llevados al Perú. Veinticinco años más tarde la isla pasó a dominación chilena.
Fascinantes vestigios de una civilización antigua poco conocida, estas grandiosas efigies son diferentes a aquellas que las demás islas del Pacífico, y los pascuenses mismos olvidaron su significado. El primero en verlas es el navegante holandés Roggeveen. El día de Pascua de 1722, desembarca en esta isla de origen volcánico, árida y pobre, que constituye el vértice extremo de la Polinesia. La fecha da su nombre a la nueva tierra.

 SEISCIENTAS ESTATUAS DE PIEDRA VOLCÁNICA

Muchas veces llamadas "cabezas" o "bustos", las estatuas de la isla, los moai, cuya estatura varía de 1 a 21 metros, representan sin embargo una silueta entera. Pero los rostros son tan desproporcionadamente grandes que el resto del cuerpo pasa inadvertido. Se contabilizaron alrededor de 600. Fueron talladas en toba, roca del volcán Rano Raraku. En la cantera excavada en la ladera del volcán se encuentran hasta 200 estatuas no terminadas, sin que se sepa la razón del abandono de esta gigantesca obra. Las más antiguas parecen tener entre 2500 y 2800 años.  Los moai pueden agruparse en dos categorías. Los primeros se yerguen sobre la ladera del Rano Raraku y están recubiertos de símbolos. Los segundos, adornados originalmente con unos sombreros cilíndricos llamados pukaos, fueron colocados sobre altares (los âhu: muros paralelos a la costa, de una altura de cinco metros) de espaldas a la playa. Fueron tumbados durante las guerra tribales del siglo XVIII.  En 1978, al arqueólogo pascuense Sergio Rapu descubre en el suelo inmensos ojos de coral blanco y de toba roja, invalidando la teoría según la cual las órbitas oculares de las estatutas habrían sido dejadas vacías a propósito.




















AHU TONGARIKI - ISLA DE PASCUA


AHU TONGARIKI - ISLA DE PASCUA



AHU TONGARIKI: Enorme plataforma de 15 estatuas erigidas de espalda al mar, en un marco de impresionante belleza natural.  Es una caleta de pescadores, cuyo nombre en lengua nativa significa "lugar de las tortugas marinas". Ubicada a 27 kilómetros de Hanga Roa, en sus cercanías hay dos torres de piedra, que los antiguos isleños usaban para ver la llegada de las tortugas. Hoy todavía se las divisa.El centro ceremonial más grande de la isla tiene una longitud de 200 metros, y su construcción data de los años 900 y 1000 a.C. Alberga 15 moais, de los cuales los más grandes alcanzan los 14 metros de altura. Se encuentra a 20 kilómetros de distancia de Hanga Roa.Con sus 15 moai es el Ahu más grande de la Isla, el eje de su plataforma está orientado al sol naciente del solsticio de verano. Destruido y dispersado en una amplia área tras el maremoto de 1960, fue restaurado en 1997 con aportes de una empresa de Japón, la que dejó una grúa para trabajos arqueológicos. Más allá de la plaza hay un importante sitio de petroglifos llamado PAPA TATAKU POKI con figuras de atún, tortuga, Make Make, Hombre-Pájaro, entre otros. De todos los ahu de Isla de Pascua, el más prestigioso es, sin duda, el Tongariki, cuyas 15 estatuas se encuentran frente a la cantera del Rano Raraku, a una distancia de menos de 2 km. ¿Realmente el clan Tongariki entregaba las mejores esculturas? Algunos historiadores han esbozado esta hipótesis.

Si bien el Tongariki expone 15 estatuas, en su base se encontraron otros 17 moai de fabricación más antigua, algunos de los cuales actualmente se exponen en el sitio (de hecho, tres ahu se sobrepusieron en el mismo lugar a lo largo de la historia). Actualmente, los especialistas estudian metros cúbicos de valiosos archivos. En cuanto a la estatua que yace en el suelo delante del ahu, no se trata de un moai del Tongariki, si no de una estatua que estaba siendo transportada. Sus ojos aún no se habían esculpido, puesto que recién salía de la cantera vecina del Rano Raraku. El ahu Tongariki, cuya parte izquierda se restauró en 2001, hoy es el monumento más grande del Pacífico Sur (los guías profesionales de la isla les revelarán en el sitio los petroglifos y otros detalles ligados a este impresionante conjunto).