MÁS QUE UN VIAJE, FUE UN SUEÑO
Hay lugares que uno no descubre en
un mapa, sino mucho antes, en ese territorio indefinido de la imaginación donde
nacen los sueños.
Son lugares que, durante la
adolescencia, contemplamos como paraísos remotos, casi míticos; nombres que
aparecen en los atlas y que parecen pertenecer a otro mundo. Lugares tan
lejanos que uno llega a pensar que jamás estará allí. Permanecen durante años
en algún rincón de la memoria, como una promesa que el tiempo parece haber
olvidado.
Hasta que un día, cuando la vida
comienza a mostrarnos que no disponemos de un tiempo infinito y que las últimas
páginas de nuestra historia empiezan, aunque no queramos admitirlo, a estar más
cerca que las primeras, comprendemos que algunos sueños no pueden seguir
esperando.
Entonces llega el momento de
hacerlos realidad.
A mí me ocurrió con Rapa Nui.
Muchos me han preguntado:
—¿Por qué fuiste a la Isla de
Pascua?
Y siempre he respondido lo mismo:
—Porque más que un viaje, fue un
sueño.
Un sueño que había vivido conmigo
durante muchos años. Al principio fue apenas una imagen: una pequeña isla
perdida en la inmensidad del Pacífico, unos gigantes de piedra mirando hacia un
horizonte que parecía no terminar nunca y un nombre extraño, casi mágico: Rapa
Nui.
Con el paso del tiempo aquella
imagen dejó de ser simplemente curiosidad. Se convirtió en deseo. Y el deseo,
poco a poco, en una necesidad íntima.
No sabía exactamente qué esperaba
encontrar allí.
Quizá por eso necesitaba ir.
ALLENDE DE
LOS MARES
Allende de los mares, allí donde el
océano parece haber borrado cualquier referencia con el mundo conocido, se
encuentra Rapa Nui, la Isla de Pascua.
Una pequeña porción de tierra
perdida en la inmensidad del Pacífico, a unos 3.700 kilómetros de la costa
continental de Chile y aproximadamente 4.000 kilómetros de Tahití.
Cuando uno observa esas distancias
sobre un mapa comprende inmediatamente que Rapa Nui no es simplemente un lugar
remoto.
Es un lugar apartado del mundo.
Su forma triangular, consecuencia de
su origen volcánico, apenas alcanza los 166 kilómetros cuadrados. Tres grandes
volcanes —Rano Kau, Terevaka y Poike— contribuyeron a formar una tierra de
relieve ondulado, de aspecto austero y, en determinados lugares, casi desolado.
Pero hay algo difícil de explicar en
Rapa Nui.
La isla no parece simplemente estar
en medio del océano.
Parece suspendida en él.
Y quizá sea esa sensación de
aislamiento la que hace que, desde el primer momento, uno tenga la impresión de
haber abandonado una parte del mundo para entrar en otra.
Un mundo donde el tiempo parece
comportarse de otra manera.
EL LUGAR QUE
HABÍA IMAGINADO TANTAS VECES
Durante años había imaginado cómo
sería encontrarse frente a un moái.
Había visto fotografías,
documentales, libros, mapas.
Creía conocerlos.
Pero hay cosas que ninguna
fotografía puede explicar.
Porque una fotografía puede
mostrarte su tamaño, su forma, su posición en el paisaje. Puede enseñarte el
color de la piedra, la luz del amanecer o la intensidad de una puesta de sol.
Pero no puede transmitir
completamente lo que se siente cuando estás delante de ellos.
La primera impresión es física.
Son enormes.
Después llega otra sensación, más
difícil de definir: la de estar delante de algo que pertenece a un tiempo
absolutamente distinto al nuestro.
Los moáis no parecen simples
esculturas.
Son presencias.
Permanecen allí, inmóviles,
silenciosos, contemplando un mundo que ha cambiado innumerables veces desde que
fueron levantados.
Han visto pasar generaciones.
Han visto desaparecer culturas,
cambiar las costas, llegar barcos, marcharse barcos, aparecer carreteras,
construirse viviendas y crecer una sociedad completamente diferente de aquella
que los creó.
Y ellos continúan allí.
¿QUIÉN
CONTEMPLA A QUIÉN?
Cuando te plantas frente a los moáis
aparece una pregunta inevitable:
¿Quién contempla a quién?
Uno llega hasta ellos creyendo que
va a observarlos.
Pero después de unos minutos
comienza a tener la extraña sensación de que son ellos quienes te observan a
ti.
Erguidos, majestuosos, alineados en
perfecta formación, parecen desafiar nuestra propia escala humana.
Y entonces ocurre algo curioso.
Uno se siente pequeño.
No solamente pequeño físicamente.
También pequeño frente al tiempo.
Porque nosotros llegamos, miramos,
hacemos una fotografía y seguimos nuestro camino.
Somos viajeros.
Somos visitantes.
Somos, en definitiva, aves de
paso.
Ellos, en cambio, permanecen.
Estaban allí antes de nosotros y,
probablemente, seguirán allí cuando nosotros ya no estemos.
Quizá por eso producen una impresión
tan poderosa.
Porque nos recuerdan algo que
normalmente intentamos olvidar: nuestra presencia en el mundo es breve.
Ellos representan exactamente lo
contrario.
La permanencia.
LA PUESTA DE
SOL
Hay momentos durante un viaje que no
se pueden programar.
Puedes preparar el itinerario,
reservar hoteles, estudiar mapas y decidir qué lugares visitarás cada día.
Pero hay instantes que suceden
simplemente porque tienen que suceder.
Uno de ellos llegó al atardecer.
El sol comenzaba a descender
lentamente sobre el Pacífico. La luz fue perdiendo intensidad y adquiriendo ese
tono dorado que transforma durante unos minutos todo lo que toca.
Frente a mí estaban los moáis.
Y detrás de ellos, el océano.
El sol descendía lentamente hasta
desaparecer en la inmensidad del Pacífico, mientras las figuras de piedra iban
convirtiéndose poco a poco en siluetas oscuras.
Durante unos instantes pareció que
el tiempo se había detenido.
No había nada que añadir.
No hacía falta música.
Ni palabras.
Ni siquiera movimiento.
Solo aquellos gigantes de piedra, el
océano infinito y un sol que desaparecía lentamente detrás del horizonte.
Fui un mudo testigo de aquel
instante.
Y quizá porque sabía que aquella
escena duraría solamente unos minutos, comprendí que estaba asistiendo a algo
que no volvería a repetirse exactamente de la misma manera.
Entonces hice algo muy sencillo.
Saqué la cámara.
La coloqué en el suelo para
conseguir estabilidad, preparé una exposición prolongada y esperé.
El disparo llegó cuando el sol ya
comenzaba a esconderse.
Y la fotografía capturó algo más que
una imagen.
Capturó un instante.
Mi instante.
UNA
FOTOGRAFÍA Y UN RECUERDO
Con el tiempo, aquella fotografía se
convirtió para mí en algo mucho más importante que una simple imagen de viaje.
Porque cuando la miro no veo
solamente los moáis recortados contra el cielo.
Veo aquel momento.
Recuerdo dónde estaba.
Recuerdo la luz.
Recuerdo el silencio.
Recuerdo la sensación de estar en un
lugar que durante tantos años había pertenecido únicamente a mi imaginación.
La fotografía tiene esa capacidad
extraordinaria.
Puede detener lo que la vida no
detiene.
El tiempo continúa avanzando,
nosotros cambiamos, los lugares cambian y las circunstancias cambian.
Pero una fotografía puede conservar
durante décadas unos segundos que, de otro modo, desaparecerían para siempre.
Aquella puesta de sol quedó allí.
Detenida.
Como quedaron detenidos, mucho
antes, los rostros de los moáis.
EL MISTERIO
Pero Rapa Nui no es solamente un
paisaje extraordinario.
Es también una pregunta.
Una pregunta gigantesca escrita en
piedra.
¿Cómo fue posible que una sociedad
que habitaba una isla tan pequeña y aislada desarrollara una tradición
monumental de semejante magnitud?
¿Qué significaban realmente aquellos
gigantes?
¿Qué historias representaban?
¿Qué ceremonias acompañaron su
construcción?
¿Cómo fueron trasladados?
¿Por qué algunos quedaron
abandonados en las laderas de Rano Raraku?
¿Qué ocurrió con aquella sociedad?
Son preguntas que han alimentado
durante décadas la imaginación de investigadores, historiadores, arqueólogos y
viajeros.
Pero quizá una de las mayores virtudes
de Rapa Nui sea precisamente que no responde completamente.
Porque hay lugares que pierden parte
de su magia cuando conocemos todas sus respuestas.
Rapa Nui conserva todavía ese
espacio para el misterio.
EL TIEMPO
FRENTE A NOSOTROS
Quizá esa sea la verdadera razón por
la que este viaje significó tanto para mí.
No fui únicamente a ver los moáis. Fui a encontrarme con el tiempo.
Con el tiempo que pasó antes de nosotros. Con el tiempo que continuará después. Allí, frente a aquellas figuras inmensas, comprendí de una manera especialmente clara algo que todos sabemos, pero que pocas veces sentimos de verdad: que nuestra vida es extraordinariamente breve. Nos pasamos buena parte de ella esperando. Esperamos el momento adecuado. El momento de viajar. El momento de descansar. El momento de hacer aquello que realmente queremos. Pensamos que siempre habrá tiempo. Hasta que un día descubrimos que el tiempo no espera. Por eso algunos sueños no deberían aplazarse indefinidamente. Hay que ir a buscarlos.
MÁS QUE UN
VIAJE
Cuando regresé de Rapa Nui, la isla
no se quedó allí.
Una parte de ella regresó conmigo.
Porque hay viajes que terminan
cuando tomas el avión de vuelta.
Y hay otros que continúan mucho
después.
Continúan en las fotografías.
En los recuerdos.
En las preguntas.
En las noches en las que vuelves
mentalmente a aquel lugar y puedes reconstruir un paisaje, una luz, un sonido o
un instante.
Rapa Nui pertenece a esos viajes.
Ahora, cuando alguien vuelve a
preguntarme:
—¿Por qué fuiste a la Isla de
Pascua?
Ya no necesito explicarlo demasiado.
Porque sé que, en realidad, no fui
solamente a una isla situada en mitad del Pacífico.
Fui a buscar un lugar que durante
muchos años había vivido en mi imaginación.
Fui a encontrarme con aquellos
gigantes de piedra que tantas veces había visto en fotografías.
Fui a contemplar el océano desde uno
de los lugares más remotos del planeta.
Fui a perseguir una puesta de sol.
Fui a hacer realidad algo que
durante mucho tiempo había parecido imposible.
Fui a cumplir un sueño.
Y quizá esa sea la mejor definición
de algunos viajes.
No son desplazamientos.
No son vacaciones.
No son simplemente destinos que
tachamos de una lista.
Son capítulos que necesitamos
escribir antes de que se cierre el libro.
Porque hay sueños que, si no los
hacemos realidad, permanecen para siempre en nuestra memoria como una pregunta.
Y hay otros que, cuando finalmente
los cumplimos, dejan de ser sueños para convertirse en recuerdos.
Rapa Nui es uno de esos recuerdos
que sé que me acompañarán hasta la última página.








































