MATAVERI
El
aeropuerto del fin del mundo
Hay aeropuertos que son lugares de
paso.
Uno llega, espera, embarca y se
marcha. Lugares impersonales donde las personas parecen existir solamente
durante unos minutos entre una ciudad y otra.
Pero hay aeropuertos que son algo
diferente.
Aeropuertos que, antes incluso de
pisar la tierra a la que conducen, ya forman parte del viaje.
Mataveri es uno de ellos.
Cuando el avión comienza a descender
sobre Rapa Nui, después de horas de océano, el viajero tiene la extraña
sensación de estar llegando a un lugar que no debería encontrarse allí.
Abajo está el Pacífico.
Nada más.
Un océano inmenso, interminable, sin
carreteras, sin ciudades, sin las luces de una costa que anuncien la proximidad
de la tierra.
Y entonces, casi de repente, aparece
la isla.
Pequeña.
Volcánica.
Verde y oscura en algunos lugares,
dorada en otros.
Una tierra aislada en medio de una
inmensidad azul.
Y allí, extendiéndose sobre ella
como una cicatriz perfectamente trazada, aparece la pista de Mataveri.
Has llegado a Rapa Nui.
LOS «OJOS
BONITOS»
El nombre rapanui, Mataveri,
ha sido asociado tradicionalmente con la expresión «ojos bonitos».
Es un nombre hermoso para un
aeropuerto situado en uno de los lugares más remotos del planeta.
Porque los ojos son precisamente lo
primero que necesita el viajero cuando llega aquí.
Hay que mirar.
Mirar mucho.
Mirar el océano.
Mirar los volcanes.
Mirar las praderas abiertas.
Mirar el horizonte.
Y, sobre todo, mirar los moáis que
esperan en algún lugar de la isla.
Mataveri es la puerta de entrada a
ese mundo.
Pero es una puerta muy particular.
Porque detrás de ella no hay una
gran ciudad.
No hay una autopista esperando.
No hay un paisaje urbano que
conduzca progresivamente hacia el destino.
Hay una isla.
Y, más allá de la isla, el océano.
UNA PISTA
FRENTE AL INFINITO
La pista de Mataveri tiene
aproximadamente 3.438 metros de longitud.
Cuando uno la contempla desde el
aire resulta difícil comprender por qué una isla tan pequeña necesita una pista
de semejantes dimensiones.
Pero basta con recordar dónde
estamos para entenderlo.
Aquí todo está condicionado por la
distancia.
La distancia respecto al continente.
La distancia respecto a otras islas.
La distancia respecto a cualquier
lugar que pueda proporcionar una alternativa.
Rapa Nui está sola.
Y su aeropuerto también parece
participar de esa soledad.
La pista se extiende sobre la tierra
volcánica y desaparece prácticamente en el horizonte.
Durante unos instantes, mientras el
avión se aproxima, uno tiene la sensación de que aquella franja de asfalto no
está allí para conectar dos lugares.
Está allí para unir una isla
perdida con el resto del mundo.
EL ÚLTIMO
HORIZONTE
Durante siglos, llegar a Rapa Nui
significaba enfrentarse al océano.
Los antiguos navegantes polinesios
no disponían de pistas, motores ni instrumentos modernos.
Tenían estrellas.
Corrientes.
Vientos.
Conocimientos transmitidos de
generación en generación.
Y una extraordinaria capacidad para
orientarse en un océano que, para cualquier otro, habría parecido infinito.
Hoy llegamos de una manera muy
diferente.
Nos sentamos en un avión, cerramos
el cinturón y dejamos que una máquina atraviese miles de kilómetros de océano.
Pero cuando el avión comienza a
descender, algo de aquella antigua sensación regresa.
La tierra aparece después de horas
de azul.
Y uno comprende que está llegando a
un lugar verdaderamente remoto.
Mataveri no es solamente un
aeropuerto.
Es el último horizonte antes del
aislamiento.
LA PUERTA DE
RAPA NUI
Al abandonar el avión, la primera
impresión no es la de un aeropuerto convencional.
Todo parece tener otra escala.
El aire.
La luz.
El horizonte.
El paisaje.
No hay esa sensación de estar
entrando en una gran terminal internacional.
Aquí el aeropuerto parece pertenecer
a la propia isla.
Pequeños establecimientos, servicios
para los viajeros, tiendas de recuerdos y espacios destinados a la llegada de
visitantes forman parte de ese primer contacto con Rapa Nui.
Hoteles y alojamientos reciben a
quienes llegan.
Algunos viajeros esperan sus
equipajes.
Otros buscan dónde cambiar dinero.
Algunos ya están haciendo
fotografías.
Y otros simplemente permanecen unos
segundos quietos, intentando asimilar una idea:
están en Isla de Pascua.
Una isla que tantas veces habían
visto en fotografías y que ahora se encuentra bajo sus propios pies.
CUANDO EL
TURISMO CAMBIÓ LA ISLA
El aeropuerto transformó
profundamente la relación de Rapa Nui con el mundo exterior.
La conexión aérea regular hizo
posible que la isla dejara de ser un destino reservado a expediciones
excepcionales y comenzara a recibir un número creciente de viajeros.
Con ellos llegaron nuevas
oportunidades.
Hoteles.
Restaurantes.
Comercio.
Servicios turísticos.
Empleo.
Pero también nuevos desafíos.
Porque cada visitante que llega a
Rapa Nui pisa un territorio extremadamente frágil.
Una isla pequeña.
Un patrimonio arqueológico
extraordinario.
Un ecosistema limitado.
Y una cultura que durante siglos
sobrevivió prácticamente aislada.
Mataveri abrió la puerta.
Pero abrir una puerta también
significa aceptar la responsabilidad de decidir cuántas personas pueden
atravesarla sin poner en peligro aquello que encuentran al otro lado.
ENTRE
SANTIAGO Y PAPEETE
Mataveri se encuentra a miles de
kilómetros de Santiago de Chile.
Y también a miles de kilómetros de
Papeete, en Tahití.
Dos direcciones.
Dos mundos.
Dos extremos de una misma historia
oceánica.
Por un lado, Chile continental.
Por otro, la Polinesia.
Y en medio, Rapa Nui.
Una pequeña isla que geográficamente
pertenece a Chile, pero cuya historia, cultura y raíces se encuentran
profundamente vinculadas al universo polinesio.
Quizá por eso este aeropuerto tiene
un significado especial.
No solo conecta destinos.
Conecta mundos.
Desde aquí parten y llegan vuelos
que hacen posible esa extraordinaria contradicción geográfica: una isla
polinesia integrada políticamente en Chile y situada a una distancia enorme de
ambos extremos.
EL VIAJERO
QUE LLEGA
Recuerdo esa sensación.
Uno baja del avión y durante unos
instantes todavía permanece atrapado en la lógica del viaje.
Las horas de vuelo.
Los aeropuertos anteriores.
Los controles.
Las maletas.
Los horarios.
Pero poco a poco todo aquello
comienza a desaparecer.
La isla empieza a imponerse.
El viento.
La luz.
El olor del océano.
La inmensidad del cielo.
Y entonces aparece una certeza.
Ya no estás viajando hacia Rapa Nui.
Ya estás en Rapa Nui.
Y eso lo cambia todo.
DESPEGAR DE
MATAVERI
Hay algo especialmente emocionante
en abandonar la isla.
Quizá porque, mientras el avión
asciende, Rapa Nui vuelve a convertirse lentamente en lo que realmente es:
un pequeño punto de tierra en medio
de un océano gigantesco.
Desde la ventanilla se contempla
cómo la pista se hace cada vez más pequeña.
Después desaparecen las carreteras.
Las casas.
Los volcanes.
La costa.
Y finalmente queda solamente la
isla.
Pequeña.
Hermosa.
Solitaria.
El avión continúa ascendiendo y el
Pacífico vuelve a ocupar todo el campo de visión.
Entonces comprendes por qué Rapa Nui
ha fascinado a tantas generaciones.
No es únicamente por sus moáis.
No es únicamente por sus volcanes.
No es únicamente por sus leyendas.
Es porque existe algo profundamente
humano en llegar hasta una tierra que parece imposible.
EL AEROPUERTO DEL FIN DEL MUNDO
Quizá por eso Mataveri permanece en
la memoria de quien visita Rapa Nui.
No porque sea el aeropuerto más grande.
Ni el más moderno.
Ni el más espectacular.
Sino porque es la puerta de un
lugar extraordinario.
Un lugar que durante siglos estuvo
separado del resto del mundo por miles de kilómetros de océano.
Un lugar al que los antiguos
llegaron navegando con las estrellas como guía.
Y al que nosotros llegamos hoy
siguiendo las rutas trazadas por los aviones.
Dos formas completamente diferentes
de viajar.
Pero una misma emoción:
la de llegar a una isla perdida en
el Pacífico.
Mataveri es el lugar donde comienza
el viaje.
Y también el lugar donde, cuando
llega la hora de marcharse, uno comprende que hay viajes que no terminan cuando
el avión despega.
Porque cuando la isla desaparece
detrás de las nubes, los moáis continúan allí.
El océano continúa allí.
El viento continúa recorriendo las
laderas de los volcanes.
Y en algún lugar de la memoria queda
aquella primera visión de Rapa Nui apareciendo desde el aire.
Una pequeña tierra en medio de la
inmensidad.
Una isla que parece imposible.
Y una pista de aterrizaje tendida
sobre ella como un puente entre dos mundos.
Mataveri: la puerta de entrada a una
isla que durante siglos estuvo sola frente al océano y que, aun hoy, conserva
intacta la sensación de estar en el fin del mundo










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