Alli perdida en el silencio profundo del Océano Pacífico, reposa la isla de Rapa Nui, o Isla de Pascua, es en si misma un lugar enigmático cargado de misterio ubicada a 3.700 kms. de la costa chilena y a 4.000 kms. de Tahiti, en la Polinesia Francesa. Con una superficie de 166 Km. cuadrados y forma triangular de un relieve sinuoso y árido, por su condición de zona volcánica.
UNA CIVILIZACIÓN DESAPARECIDA
ANAKENA
ANAKENA
La
playa de los reyes y de los moáis
Hay lugares que parecen haber
sido elegidos por los hombres.
Y hay otros que dan la
impresión de haber sido elegidos por los dioses.
Anakena pertenece a estos
últimos.
Después de atravesar el
paisaje volcánico y silencioso de Rapa Nui, cuando el camino parece avanzar
hacia ninguna parte, aparece de pronto ante los ojos una franja luminosa de
arena blanca, un mar de color turquesa y unas palmeras que se balancean
lentamente bajo el viento del Pacífico.
Es difícil no detenerse.
Difícil no pensar que aquel
lugar debió parecer extraordinario también a quienes llegaron aquí muchos
siglos atrás.
Porque Anakena no es
solamente una playa.
Es uno de los lugares donde
comienza la memoria de Rapa Nui.
EL
LUGAR DE LOS ARIKI
La tradición cuenta que fue
en estas costas donde desembarcó Hotu
Matu'a, el gran ariki y antepasado fundador de los rapanui,
acompañado, según la tradición, por su hermana Avarei Pua.
Quizá por eso, cuando uno
contempla Anakena desde cierta distancia, resulta inevitable imaginar aquellas
primeras embarcaciones aproximándose lentamente a la orilla después de una
interminable travesía por el Pacífico.
Frente a ellos habría
aparecido una tierra desconocida.
Una isla volcánica perdida
en la inmensidad del océano.
Y, finalmente, aquella
playa.
La arena clara.
El agua tranquila.
La vegetación.
Un lugar donde comenzar de
nuevo.
La tradición oral
convertiría posteriormente Anakena en un espacio vinculado a los ariki, los antiguos gobernantes de la
isla, y a sus familias.
El nombre mismo de Anakena
procede, según la tradición local, de una pequeña cueva situada en una quebrada
próxima a la playa.
Hoy todo parece tranquilo.
Pero cuesta imaginar
cuántas historias pudieron desarrollarse alrededor de este pequeño territorio
durante los siglos en que Rapa Nui construía su extraordinaria civilización.
UNA
PLAYA EN EL FIN DEL MUNDO
Anakena se encuentra
aproximadamente a treinta kilómetros de Hanga Roa.
Treinta kilómetros que, en
otro lugar, quizá no significarían demasiado.
Aquí son diferentes.
Porque mientras uno avanza
hacia Anakena tiene la sensación de alejarse progresivamente del mundo
conocido.
El paisaje se vuelve más
abierto.
La presencia humana
desaparece.
El océano comienza a
adquirir un protagonismo absoluto.
Y entonces aparece la playa.
Una amplia media luna de
arena blanca coralífera, rodeada por vegetación y palmeras, junto a unas aguas
que bajo determinadas luces adquieren tonalidades de azul y turquesa.
Es una visión casi
contradictoria.
Rapa Nui puede ser áspera,
volcánica, incluso severa.
Anakena, en cambio, parece
generosa.
Como si la isla hubiera
querido reservar en medio de su territorio un pequeño refugio.
Un lugar de belleza serena.
Un lugar para quedarse.
LOS
SIETE GUARDIANES
Pero basta con levantar la
mirada para comprender que Anakena no es una playa cualquiera.
Allí están ellos.
Los moáis.
Siete figuras que parecen
custodiar desde hace siglos este rincón de la isla.
No tienen la expresión de
quienes vigilan.
Tampoco parecen amenazar.
Hay en ellos algo mucho más
profundo.
Una especie de melancolía
mineral.
Una nostalgia que quizá no
pertenece a las propias estatuas, sino a nosotros, que sabemos que quienes las
levantaron desaparecieron hace mucho tiempo.
Ellos permanecieron.
Y permanecen todavía.
El conjunto más
impresionante es el Ahu Nau-Nau,
situado junto a la playa.
Cuando uno se acerca, la
primera impresión es de grandeza.
Después aparece el detalle.
Las superficies de los
moáis no son toscas.
Sus espaldas fueron
cuidadosamente talladas.
La piedra conserva líneas,
formas y detalles que revelan la extraordinaria capacidad de los escultores
rapanui.
No estamos ante simples
bloques de roca.
Estamos ante una obra
concebida para durar.
Para sobrevivir a sus
creadores.
Para enfrentarse al tiempo.
LOS
PUKAO
Cinco de los moáis fueron
levantados completos sobre el ahu, mientras otros dos quedaron quebrados.
Cuatro de aquellos gigantes
llevan sobre sus cabezas los característicos pukao, enormes elementos realizados en toba roja que
representan, tradicionalmente, el cabello recogido o el moño que llevaban los
ariki.
Desde la distancia parecen
sombreros.
Pero no lo son.
Son parte de un lenguaje
simbólico mucho más complejo.
Cuando el sol incide sobre
aquella piedra rojiza, el contraste entre el oscuro cuerpo de los moáis y el
color cálido de los pukao resulta extraordinario.
Es entonces cuando Anakena
adquiere una dimensión casi irreal.
Los gigantes parecen
todavía más altos.
Más solemnes.
Más antiguos.
Y el visitante vuelve a
experimentar aquella sensación tan característica de Rapa Nui:
el presente frente al pasado.
EL
OJO QUE VOLVIÓ A MIRAR
Pero quizá uno de los
episodios más fascinantes relacionados con los moáis de Anakena ocurrió cuando
apareció algo que durante siglos había permanecido oculto.
Un ojo.
Un ojo de coral blanco, acompañado por una pupila
realizada en escoria roja.
Durante mucho tiempo se
había discutido cuál era realmente la función de los ojos de los moáis.
El descubrimiento
proporcionó una evidencia extraordinaria.
Porque aquellas esculturas,
una vez terminadas y colocadas sobre sus plataformas ceremoniales, podían ser
completadas con ojos.
Y entonces la imagen cambia
completamente.
Un moái sin ojos parece una
figura incompleta.
Un moái con ojos parece
vivo.
Parece mirar.
Parece adquirir presencia.
Aquel ojo encontrado en
Anakena se conserva actualmente en el Museo
Antropológico Sebastián Englert, en Hanga Roa.
Y quizá resulte difícil
encontrar una pieza que explique mejor la relación entre el mundo material y
espiritual de Rapa Nui.
La piedra podía representar
al antepasado.
Pero eran los ojos los que
parecían devolverle la mirada.
EL
MISTERIO DEL AHU
Anakena guarda todavía más
secretos.
Cerca de la playa existen
otros ahu que hoy permanecen sin las estatuas que alguna vez pudieron sostener.
Son estructuras
silenciosas, parcialmente absorbidas por el paisaje.
Quizá sean anteriores.
Quizá pertenecieran a otras
etapas de la historia de la isla.
Y quizá, precisamente
porque ya no tienen moáis, resulte más fácil imaginar lo que allí sucedió.
Uno puede caminar junto a
aquellas piedras e intentar reconstruir mentalmente el lugar tal como debió ser
siglos atrás.
Hombres transportando
enormes bloques.
Personas preparando
ceremonias.
Familias reunidas.
Sacerdotes.
Guerreros.
Niños.
Ancianos.
Una sociedad entera
viviendo alrededor de estos monumentos.
Y después, lentamente, el
silencio.
EL
OCÉANO DETRÁS DE LOS REYES
Me gusta imaginar Anakena
al final de la tarde.
El sol descendiendo
lentamente.
La luz dorada extendiéndose
sobre la arena.
Las palmeras moviéndose con
el viento.
El mar respirando
suavemente frente a la playa.
Y los moáis permaneciendo
inmóviles sobre el ahu.
Quizá nadie pueda saber
exactamente qué pensaban aquellos hombres cuando levantaban una estatua.
Pero podemos contemplar el
resultado.
Y basta con hacerlo durante
unos minutos para comprender que aquello no era únicamente arquitectura.
Era memoria.
Era identidad.
Era una forma de desafiar
al olvido.
Los rapanui levantaron sus
moáis para que los antepasados permanecieran presentes.
Y, de alguna manera, lo
consiguieron.
Porque muchos siglos
después seguimos llegando hasta ellos.
Seguimos preguntándonos
quiénes fueron.
Seguimos intentando
comprenderlos.
Seguimos fotografiándolos.
Seguimos hablando de ellos.
OVAHE,
LA HERMANA PEQUEÑA
A menos de un kilómetro de
Anakena, hacia Poike, aparece otra pequeña playa: Ovahe.
Es mucho más pequeña y
tiene un carácter diferente.
Si Anakena transmite la
sensación de ser un lugar abierto, luminoso y ceremonial, Ovahe parece
esconderse.
Como si la isla hubiera
reservado dos paisajes distintos a muy poca distancia.
Dos playas.
Dos formas de contemplar el
Pacífico.
Dos escenarios dentro de
una misma historia.
Pero Anakena posee algo que
Ovahe no puede tener.
La presencia de los moáis.
Y eso transforma
completamente la experiencia.
ANAKENA:
DONDE EL TIEMPO SE DETUVO
Antes de abandonar la playa
me quedé unos instantes contemplando nuevamente el Ahu Nau-Nau.
Los siete moáis permanecían
allí.
El océano continuaba
detrás.
Las palmeras se movían con
el viento.
La arena seguía brillando
bajo la luz.
Todo parecía exactamente
igual que unos minutos antes.
Pero yo ya no lo veía de la
misma manera.
Porque comprendí que el
verdadero privilegio de Anakena no consiste únicamente en contemplar una de las
playas más hermosas de Rapa Nui.
Consiste en estar en un
lugar donde la naturaleza y la memoria se
encuentran.
Aquí la playa cuenta una
historia.
Las piedras cuentan otra.
Los moáis cuentan otra.
Y el océano, que estuvo
presente antes de todas ellas, parece guardar la última palabra.
Quizá Hotu Matu'a contempló
este mismo horizonte.
Quizá otros ariki caminaron
por esta arena.
Quizá quienes esculpieron
aquellos gigantes observaron alguna vez cómo el sol desaparecía detrás del
Pacífico.
No podemos saberlo.
Solo podemos imaginarlo.
Y tal vez sea precisamente
ahí donde reside la magia de Anakena.
Porque hay lugares que nos
ofrecen respuestas.
Y hay otros que nos regalan
algo mucho más valioso:
la posibilidad de seguir haciendo preguntas.
Anakena es uno de ellos.
Una playa blanca perdida en
el océano.
Un antiguo territorio de
reyes.
Un santuario de piedra.
Un lugar donde los
antepasados todavía parecen mirar.
Y mientras uno se aleja por
el camino, dejando atrás la arena y las palmeras, tiene la extraña sensación de
que los moáis continúan allí, inmóviles, contemplando el horizonte.
Esperando.
Como llevan haciéndolo
durante siglos.
Porque nosotros pasamos por Anakena.
Ellos
permanecen.
RAPA NUI
RAPA NUI
Partimos de Santiago de Chile en el aeropuerto de Arturo Merino Benitez, tomamos el vuelo LAN 841 DE LAS 8,20 y que llega a las 12,55, hay que tener en cuenta que el horario de la Isla de Pascua son 2 horas más que en Chile, no me olvidare de citar la fecha esto sucedia el 10 de agosto del 2011.
Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Mataveri íbamos con el convencimiento de que era un lugar mágico, quizás por el misterio en sí, o quizas por su lejanía, por su aislamiento o posiblemente por todas estas cosas juntas.
El Aeropuerto de Mataveri, es la mínima expresión de lo que es un aeropuerto, al abrir la puerta del avión y asomamos la cabeza lo primero que sentimos fue una brisa de aire fresco acariciándonos la cara, luego esta brisa notamos que se transformaba realmente en viento y este fenómeno no nos abandonó hasta nuestra partida, el aeropuerto es pequeño solo hay un avión el que aterriza y los pasajeros bajamos por la pista hasta salir del mismo, ya la primera impresión es de un sabor Polinésico, la luz es exuberante el verde de las plantas prevalecen sobre los demás colores sientes una sensación de fresco y limpieza en toda la isla, ya en la puerta del aeropuerto nos estaban esperando los guías para llevarnos al hotel los cuales nos recibieron con unos collares de flores dándonos la bienvenida, estos collares me recodaban las películas de aventuras por los mares del sur o en rebelión a bordo, donde la tripulación era agasajada con estos collares por bellas y jóvenes polinesias, hay que recordad que esta Isla esta ubicada Océano Pacífico en la Polinesia.
Algunas personas me preguntaron cuál es el motivo de viajar a La Isla de Pascua, que es lo que hay que valga la pena hacer tan largo viaje, yo siempre les respondo que si lo ven como un viaje, mejor que no vayan a La Isla de Pascua, ir a La isla de Pascua no es un viaje es “un sueño”
Tiene lo mejor de otras islas de la Polinesia: una costa excelente, gente agradable y mucha tranquilidad.(yo lo de gente agradable, no seria el termino que utilizaría precisamente, yo diría que son especiales) Pero además ofrece atractivas tradiciones, pocos turistas y expresiones megalíticas muy originales.
Por cierto llegamos al mediodía al Hotel Altiplánico y nos instalamos, aun no habíamos desempacado nuestra cosas cuando empezó a caer una tormenta tremenda con viento, frio etc. En aquellos momentos pensé que hago yo aquí en un lugar como este, afortunadamente a la mañana siguiente lucia un sol despanpanpanante y pudimos iniciar la visita de la Isla, Hay que decir que aquí el tiempo es muy variable y tienes que estar preparado para todo igual tienes frio que tienes calor que te mojas y todo esto puede suceder en la misma hora.
El clima es marítimo y subtropical. Julio y Agosto, los meses de menor temperatura, tienen una media de 17,8°C. Febrero, el más caluroso, posee un promedio de 23,7°C. Hay lluvia durante todo el año. La media anual es de 1,138 mm: mayo es el mes más lluvioso. A pesar de su nubosidad, la isla es muy luminosa. Entre los chubascos suele abrirse el cielo con y con frecuencia se producen varios arcoiris a la vez.
Antes de describir mi experiencia permitirme que que haga previamenter una introducción de su geografía e Historia para entender algo de lo que aquí se puede ver o suceder
Perdida en el silencio profundo del Océano Pacífico, reposa la isla de Rapa Nui, conocida también como la Isla de Pascua, . Sólo la curiosidad nos puede llevar a este sitio perdido, a una isla volcánica, sin árboles, sin otro interés más que los famosos Moais, las esculturas en piedra que dominan su paisaje, tristes, impávidos al paso del tiempo, y misteriosos. Continuamente, desde que Jacob Roggeveen en 1722 la descubriera a los europeos, a sus tierras se acercan antropólogos con el firme propósito de encontrar el porqué de su origen… y sin embargo, sobre cualquier teoría persisten los mitos, las leyendas de la isla, casi la superstición.
Destacada y reconocida en todo el mundo gracias a sus tesoros arqueológicos, sus estatuas de dimensiones magnificas que obedecen a una ubicación astral, sus jegloríficos aun sin ser descifrados, y vestigios de una cultura sin dudas superior
Para ubicar esta Isla y su historia vamos a definirla geográficamente: La Isla de Pascua o Rapa Nui se ubica en el extremo oriental del triángulo polinésico, en el Océano Pacifico. Está localizada a 3.700 kms de la costa chilena y a 4.000 kms. de Tahiti, en la Polinesia Francesa. Posee unas 16.600 hectáreas de superficie, caracterizándose por tener un clima oceánico subtropical con temperaturas extremas de 16º° y 28º Celsius.
Se ubica sobre el Océano Pacífico a unas 2.300 millas de Valparaíso, en el año 1935 fue nombrada como Monumento Histórico.
Posteriormente en 1995, por medio de la UNESCO, la región , que se denomina “Parque nacional Rap Nui” fue declarada Patrimonio de Mundo.
Con una superficie de 166 Km. cuadrados y forma triangular de un relieve sinuoso y árido, por su condición de zona volcánica. Cada ángulo corresponde a un volcán: Poike, Rano Kau y Maunga Terevaka. Todos inactivos.
El largo mayor es de 24 kilómetros y el ancho máximo, 12 kilómetros. El panorama de llanos y lomajes se eleva a un máximo de 560 metros en el volcán Mangua Terevaka. . Esta cubierta de rocas volcánicas que delatan su origen. Situada 500 kilómetros al oeste de la dorsal del Pacifico sobre la placa de Nazca, forma parte de la cadena volcánica submarina, activa y de alto flujo calórico, que se extiende a lo largo de los 27° de latitud sur y llega al continente sudamericano.
Si no existiese vegetación nos parecería avanzar por superficies lunares. Con los siglos, las lluvias semitropicales pasajeras pero constantes y la capa vegetal que trabajosamente ha ido formándose, la isla presenta una cubierta pastosa de gramíneas que en algunos sectores reverdece y se eleva en grupos de arboles y plantaciones artificiales, producto de la laboriosidad humana.
Geológicamente, Rapa Nui se formó a partir de erupciones volcánicas submarinas, producidas hace 3.000.000 años.
La Isla de Pascua o Rapa Nui, perteneciente a Chile. Está considerada el ombligo del mundo, por ser el lugar habitado más aislado del planeta. También es el museo al aire libre más grande del mundo, por sus impresionantes y famosos moais, estatuas de piedra que llegan a medir hasta 10 metros de altura. Los moais son únicos en el mundo y fueron construidos por los rapanui, sutil pueblo de hermosas mujeres y de hombres amables. Más de 900 Moai y 270 Ahu o altares decoran todo el borde costero de la isla. El cómo se erigieron y cómo se trasladaron hasta donde hoy están es todo un misterio.
El pintoresco pueblo costero de Hanga Roa, capital de Isla de Pascua, o Rapa Nui en lengua local, es el hogar para la amplia mayoría de los escasos 3.000 habitantes de la isla. En él encontrarás todos los servicios turísticos, además de una amplia oferta culinaria y de entretenimiento nocturno. Debido a su pequeño tamaño, es un lugar acogedor y apacible, con un encanto que te cautivará. Visita la caleta de pescadores y ábrete a los isleños, que tienen una manera muy directa de relacionarse, desde luego es un lugar ideal para comer pescado fresco, como por ejemplo el atun.
HANGA ROA - ISLA DE PASCUA
HANGA ROA - ISLA DE PASCUA
El pintoresco pueblo costero de Hanga Roa, capital de Isla de Pascua, o Rapa Nui en lengua local, es el hogar para la amplia mayoría de los escasos 3.000 habitantes de la isla. En él encontrarás todos los servicios turísticos, además de una amplia oferta culinaria y de entretenimiento nocturno. Debido a su pequeño tamaño, es un lugar acogedor y apacible, con un encanto que te cautivará. Visita la caleta de pescadores y ábrete a los isleños, que tienen una manera muy directa de relacionarse.
Hanga Roa (pronunciado [aŋ.gaˈɾo.a ] o [ˈaŋ.ga ˈro.a], del rapanui Hanga Roa [ˈha.ŋa ˈɾo.a], "bahía larga") es la principal localidad y puerto de la Isla de Pascua, Chile, y la capital de la comuna y provincia homónimas. Administrativamente pertenece a la Región de Valparaíso. Prácticamente la totalidad de los habitantes de la isla se localizan en este poblado ubicado al suroeste de la misma, en las tierras bajas entre los volcanes extintos de Maunga Terevaka y Rano Kau.
Según el censo de 2002, la población de Hanga Roa era de 3.304 habitantes, lo que supone más del 87% de la población total de la Isla de Pascua.
Una de sus calles principales es la avenida Policarpo Toro, en dirección noroeste-sureste,1 nombrada en memoria del capitán Policarpo Toro, oficial naval chileno que anexionó la Isla de Pascua a Chile en 1888.
Oficina de correos en Hanga Roa.
El centro de la ciudad posee tiendas, hoteles, restaurantes, un supermercado y una farmacia Cruz Verde, además de los edificios públicos.
Al norte de la ciudad, en la zona de Tahai, se encuentra el Museo Antropológico Padre Sebastián Englert. En esa misma zona pueden visitarse tres plataformas sagradas que fueran restauradas con el fin de presentar los moais tal como se los podía ver cuando se los emplazó por primera vez, así como una tradicional casa-cueva sacerdotal. En Hanga Roa también destaca su iglesia parroquial (la iglesia de la Santa Cruz), que posee imnumerables tallas de madera de estilo pascuense, pero que representan a santos católicos. Entre estas imágenes, se distingue la de Santa María de Rapa Nui, que fue la primera imagen cristiana tallada en la isla. Se la considera como la patrona y protectora de la isla de Pascua.
La principal actividad de la localidad es el turismo, principalmente para ver los moais de la isla. Hanga Roa, recibe prácticamente en su totalidad, turistas a través del Aeropuerto Internacional Mataveri -cuya construcción se inició en 1965-, al que llegan aviones de LATAM (ex-LAN Airlines), la aerolínea nacional chilena, que ofrece vuelos directos a Santiago, Lima (Perú), y Papeete (Tahití, Francia) y es la única aerolínea comercial que con regularidad vuela a la isla.
Aparte del turismo (en la isla hay menos de 15 hoteles, todos en Hanga Roa), otras actividades en Hanga Roa son la pesca, la agricultura y la administración (ya que varios departamentos chilenos de gobierno incluyendo la Armada de Chile mantienen establecimientos aquí, la isla más occidental de Chile).
Playa Pea, ahora llamada Papa Hanga Roa, es una playa ubicada en el lado sur de la caleta de Hanga Roa y junto con las playas de Vai Uri, Tangaroa y Mataveri las más ideales para hacer surf, windsurf o kitesurf, entre otros deportes.
Historia
Los clanes rapanuis nunca residieron en este lugar, aunque sí lo conocían. Desde aquí partían los isleños para observar el mítico Rano Kau. Cuando el holandés Jakob Roggeveen descubrió la isla, atracó en un puerto natural, lo que hoy es Hanga Roa y desde donde partió a explorar la isla. Tras haber vuelto de su viaje, Jakob recomendó a algunos holandeses que partieran a esa isla en busca de fortuna y fama. En 1770, Hanga Roa, como la habían llamado los nativos, se había convertido en una aldea de unos 30 habitantes, la mayoría comerciantes de esclavos, que estuvieron exportándolos a América. Ya en 1885, cuando Chile quiso conquistar la Isla de Pascua, decidió colocar su campamento base allí, ya que sería un buen lugar para atracar los barcos de la armada y para exportar alimentos. Con el paso de los años, se convirtió en un pueblo.
fuente: Wikipedia
RANO KAU
El cráter mide 1,5 km de diámetro y en su interior se encuentra una laguna, a unos 250 metros de profundidad terminando una pendiente bastante pronunciada. En la laguna existen pequeñas islas de totora y una abundante vegetación y microfauna. En la parte superior del cráter, en el extremo suroeste existe una fractura conocida como Kari-Kari.
Cerca del borde más angosto y en el extremo Oeste del volcán está la Aldea Ceremonial de Orongo, conformada por 50 casas de piedra de forma elíptica que ofrecen una perfecta visión de los tres islotes que hay frente al Rano Kau. Esta aldea era habitada solamente en los días que precedían a la ceremonia del Hombre Pájaro o Tangata Manu que se celebró hasta finales del siglo XIX.
AEROPUERTO INTERNACIONAL MATAVERI
MATAVERI
El
aeropuerto del fin del mundo
Hay aeropuertos que son lugares de
paso.
Uno llega, espera, embarca y se
marcha. Lugares impersonales donde las personas parecen existir solamente
durante unos minutos entre una ciudad y otra.
Pero hay aeropuertos que son algo
diferente.
Aeropuertos que, antes incluso de
pisar la tierra a la que conducen, ya forman parte del viaje.
Mataveri es uno de ellos.
Cuando el avión comienza a descender
sobre Rapa Nui, después de horas de océano, el viajero tiene la extraña
sensación de estar llegando a un lugar que no debería encontrarse allí.
Abajo está el Pacífico.
Nada más.
Un océano inmenso, interminable, sin
carreteras, sin ciudades, sin las luces de una costa que anuncien la proximidad
de la tierra.
Y entonces, casi de repente, aparece
la isla.
Pequeña.
Volcánica.
Verde y oscura en algunos lugares,
dorada en otros.
Una tierra aislada en medio de una
inmensidad azul.
Y allí, extendiéndose sobre ella
como una cicatriz perfectamente trazada, aparece la pista de Mataveri.
Has llegado a Rapa Nui.
LOS «OJOS
BONITOS»
El nombre rapanui, Mataveri,
ha sido asociado tradicionalmente con la expresión «ojos bonitos».
Es un nombre hermoso para un
aeropuerto situado en uno de los lugares más remotos del planeta.
Porque los ojos son precisamente lo
primero que necesita el viajero cuando llega aquí.
Hay que mirar.
Mirar mucho.
Mirar el océano.
Mirar los volcanes.
Mirar las praderas abiertas.
Mirar el horizonte.
Y, sobre todo, mirar los moáis que
esperan en algún lugar de la isla.
Mataveri es la puerta de entrada a
ese mundo.
Pero es una puerta muy particular.
Porque detrás de ella no hay una
gran ciudad.
No hay una autopista esperando.
No hay un paisaje urbano que
conduzca progresivamente hacia el destino.
Hay una isla.
Y, más allá de la isla, el océano.
UNA PISTA
FRENTE AL INFINITO
La pista de Mataveri tiene
aproximadamente 3.438 metros de longitud.
Cuando uno la contempla desde el
aire resulta difícil comprender por qué una isla tan pequeña necesita una pista
de semejantes dimensiones.
Pero basta con recordar dónde
estamos para entenderlo.
Aquí todo está condicionado por la
distancia.
La distancia respecto al continente.
La distancia respecto a otras islas.
La distancia respecto a cualquier
lugar que pueda proporcionar una alternativa.
Rapa Nui está sola.
Y su aeropuerto también parece
participar de esa soledad.
La pista se extiende sobre la tierra
volcánica y desaparece prácticamente en el horizonte.
Durante unos instantes, mientras el
avión se aproxima, uno tiene la sensación de que aquella franja de asfalto no
está allí para conectar dos lugares.
Está allí para unir una isla
perdida con el resto del mundo.
EL ÚLTIMO
HORIZONTE
Durante siglos, llegar a Rapa Nui
significaba enfrentarse al océano.
Los antiguos navegantes polinesios
no disponían de pistas, motores ni instrumentos modernos.
Tenían estrellas.
Corrientes.
Vientos.
Conocimientos transmitidos de
generación en generación.
Y una extraordinaria capacidad para
orientarse en un océano que, para cualquier otro, habría parecido infinito.
Hoy llegamos de una manera muy
diferente.
Nos sentamos en un avión, cerramos
el cinturón y dejamos que una máquina atraviese miles de kilómetros de océano.
Pero cuando el avión comienza a
descender, algo de aquella antigua sensación regresa.
La tierra aparece después de horas
de azul.
Y uno comprende que está llegando a
un lugar verdaderamente remoto.
Mataveri no es solamente un
aeropuerto.
Es el último horizonte antes del
aislamiento.
LA PUERTA DE
RAPA NUI
Al abandonar el avión, la primera
impresión no es la de un aeropuerto convencional.
Todo parece tener otra escala.
El aire.
La luz.
El horizonte.
El paisaje.
No hay esa sensación de estar
entrando en una gran terminal internacional.
Aquí el aeropuerto parece pertenecer
a la propia isla.
Pequeños establecimientos, servicios
para los viajeros, tiendas de recuerdos y espacios destinados a la llegada de
visitantes forman parte de ese primer contacto con Rapa Nui.
Hoteles y alojamientos reciben a
quienes llegan.
Algunos viajeros esperan sus
equipajes.
Otros buscan dónde cambiar dinero.
Algunos ya están haciendo
fotografías.
Y otros simplemente permanecen unos
segundos quietos, intentando asimilar una idea:
están en Isla de Pascua.
Una isla que tantas veces habían
visto en fotografías y que ahora se encuentra bajo sus propios pies.
CUANDO EL
TURISMO CAMBIÓ LA ISLA
El aeropuerto transformó
profundamente la relación de Rapa Nui con el mundo exterior.
La conexión aérea regular hizo
posible que la isla dejara de ser un destino reservado a expediciones
excepcionales y comenzara a recibir un número creciente de viajeros.
Con ellos llegaron nuevas
oportunidades.
Hoteles.
Restaurantes.
Comercio.
Servicios turísticos.
Empleo.
Pero también nuevos desafíos.
Porque cada visitante que llega a
Rapa Nui pisa un territorio extremadamente frágil.
Una isla pequeña.
Un patrimonio arqueológico
extraordinario.
Un ecosistema limitado.
Y una cultura que durante siglos
sobrevivió prácticamente aislada.
Mataveri abrió la puerta.
Pero abrir una puerta también
significa aceptar la responsabilidad de decidir cuántas personas pueden
atravesarla sin poner en peligro aquello que encuentran al otro lado.
ENTRE
SANTIAGO Y PAPEETE
Mataveri se encuentra a miles de
kilómetros de Santiago de Chile.
Y también a miles de kilómetros de
Papeete, en Tahití.
Dos direcciones.
Dos mundos.
Dos extremos de una misma historia
oceánica.
Por un lado, Chile continental.
Por otro, la Polinesia.
Y en medio, Rapa Nui.
Una pequeña isla que geográficamente
pertenece a Chile, pero cuya historia, cultura y raíces se encuentran
profundamente vinculadas al universo polinesio.
Quizá por eso este aeropuerto tiene
un significado especial.
No solo conecta destinos.
Conecta mundos.
Desde aquí parten y llegan vuelos
que hacen posible esa extraordinaria contradicción geográfica: una isla
polinesia integrada políticamente en Chile y situada a una distancia enorme de
ambos extremos.
EL VIAJERO
QUE LLEGA
Recuerdo esa sensación.
Uno baja del avión y durante unos
instantes todavía permanece atrapado en la lógica del viaje.
Las horas de vuelo.
Los aeropuertos anteriores.
Los controles.
Las maletas.
Los horarios.
Pero poco a poco todo aquello
comienza a desaparecer.
La isla empieza a imponerse.
El viento.
La luz.
El olor del océano.
La inmensidad del cielo.
Y entonces aparece una certeza.
Ya no estás viajando hacia Rapa Nui.
Ya estás en Rapa Nui.
Y eso lo cambia todo.
DESPEGAR DE
MATAVERI
Hay algo especialmente emocionante
en abandonar la isla.
Quizá porque, mientras el avión
asciende, Rapa Nui vuelve a convertirse lentamente en lo que realmente es:
un pequeño punto de tierra en medio
de un océano gigantesco.
Desde la ventanilla se contempla
cómo la pista se hace cada vez más pequeña.
Después desaparecen las carreteras.
Las casas.
Los volcanes.
La costa.
Y finalmente queda solamente la
isla.
Pequeña.
Hermosa.
Solitaria.
El avión continúa ascendiendo y el
Pacífico vuelve a ocupar todo el campo de visión.
Entonces comprendes por qué Rapa Nui
ha fascinado a tantas generaciones.
No es únicamente por sus moáis.
No es únicamente por sus volcanes.
No es únicamente por sus leyendas.
Es porque existe algo profundamente
humano en llegar hasta una tierra que parece imposible.
EL AEROPUERTO DEL FIN DEL MUNDO
Quizá por eso Mataveri permanece en
la memoria de quien visita Rapa Nui.
No porque sea el aeropuerto más grande.
Ni el más moderno.
Ni el más espectacular.
Sino porque es la puerta de un
lugar extraordinario.
Un lugar que durante siglos estuvo
separado del resto del mundo por miles de kilómetros de océano.
Un lugar al que los antiguos
llegaron navegando con las estrellas como guía.
Y al que nosotros llegamos hoy
siguiendo las rutas trazadas por los aviones.
Dos formas completamente diferentes
de viajar.
Pero una misma emoción:
la de llegar a una isla perdida en
el Pacífico.
Mataveri es el lugar donde comienza
el viaje.
Y también el lugar donde, cuando
llega la hora de marcharse, uno comprende que hay viajes que no terminan cuando
el avión despega.
Porque cuando la isla desaparece
detrás de las nubes, los moáis continúan allí.
El océano continúa allí.
El viento continúa recorriendo las
laderas de los volcanes.
Y en algún lugar de la memoria queda
aquella primera visión de Rapa Nui apareciendo desde el aire.
Una pequeña tierra en medio de la
inmensidad.
Una isla que parece imposible.
Y una pista de aterrizaje tendida
sobre ella como un puente entre dos mundos.
Mataveri: la puerta de entrada a una
isla que durante siglos estuvo sola frente al océano y que, aun hoy, conserva
intacta la sensación de estar en el fin del mundo

































