UNA CIVILIZACIÓN DESAPARECIDA


 UNA CIVILIZACIÓN DESAPARECIDA

   En el momento del descubrimiento de la isla, la población pascuense se divide en una decena de clanes distintos, sobre los que gobierna un rey. El primero de ellos habría sido un cierto Hotu Matua, quien llega con su mujer y sus compañeros desde otro atolón polinésico, como refugiados de una guerra. En el año 1950, el navegante noruego Thor Neyerdahl aventuró que los primeros habitantes de esta tierra fueron descendientes de los peruanos (hombres llamados "orejas largas" a causa de los enormes y pesados aretes que usaban) y que una segunda ola de inmigración llegó a la polinesia justo antes del descubrimiento de la isla. Pero esta tesis no tiene mucho respaldo hoy en día, pese al éxito de la expedición de la Kon-Tiki en 1947, una balsa en la que realizó la travesía entre el Perú y la Polinesia, con el propósito de demostrar el origen amerindio de las poblaciones oceánicas. La única certeza, en lo que conciernea los pascuenses, parece ser su parentesco con los polinesios. Una treintena de soberanos sucedieron a Hotu Matua hasta 1862. Un segundo rey, o jefe militar, es elegido también todos los años, después de una ceremonia consagrada al culto de un Hombre-Pájaro, y que tiene lugar cada primevera. Esta consiste en una competencia donde cada hombre debe encontrar, antes que los demás, el primer huevo que ponen los esternas (golondrinas de mar) sobre el islote vecino de Moto Nui. El vencedor (cada concursante es representado por su servidor) toma entonces el nombre de Tangata Manu y encarna sobre la tierra al dios Maké Maké, creador del universo.   La sociedad pascuense era compuesta escencialmente de pescadores y agricultores. Muy jerarquizada en el pasado, fue continuamente presa de luchas violentas y el canibalismo constituyó ahí una práctica corriente. Pero la gran redada de esclavos llevada a cabo a partir de 1862 por los negreros peruanos diesmó prácticamente a toda la población. Hoy los pascuenses originarios desaparecieron casi totalmente. Isla de Pascua, con sus 2000 habitantes, es en la actualidad un departamento de Chile, que la anexó en 1888.

 TRANSPORTAR Y LEVANTAR ESTATUAS

   Durante mucho tiempo los científicos se preguntaron cómo pudieron los pascuenses levantar estatuas tan imponentes. En 1955 Thor Heyerdahl obtiene una respuesta. En 18 días logra, con la ayuda de una docena de pascuenses, erigir una estatua de 23 toneladas. Provistos de tablones que usan de palanca, los obreros inclinan un costado de la estatua y colocan piedras debajo de ella. Después levantan otro poco la estatua y repiten la operación, hasta llevarla casi a la vertical contra las piedras amontonadas. Finalmente terminan de enderezarla con cuerdas. Pero Heyerdahl no puede explicarse cómo fueron puestos los sombreros los sombreros de las estatuas, que pesan varias toneladas.  El transporte de las estatuas, desde el lugar de construcción hasta donde fueron erigidas suscitó también varias interrogantes. En 1955 se intentó un experimento: los colosos de piedra fueron acostados boca abajo, sobre unos trineos tirados por cuerdas. Peri, si el problema del transporte fue resuelto así, permanece la pregunta sobre los materiales necesarios para esta operación. La isla tiene una vegetación pobre. Finalmente en 1983 fueron descubiertas unas nueces de jubea, frutos de una palmera llamada palmera de Chile, que estuvieron abandonadas hace siglos. La teoría del botánico inglés John Flenley, que afirma que en el pasado la isla estaba cubierta por un denso bosque, está comprobada. Los pascuences disponían entonces de los materiales necesarios para la construcción de palancas y tablones.

 LOS "RONGORONGO"

   Como lo demuestra el descubrimiento de algunas tablillas de madera, llamadas "rongorongo", que escaparon a la destrucción de los misioneros, los pascuenses conocen la escritura. Pero esta escritura permanece en gran parte indescifrada. Los textos huecograbados muestran caracteres alineados que forman palabras escritas de izquierda a derecha. Pero la línea siguiente está escrita en sentido inverso. También encontramos en los textos siluetas de hombres y de animales. Todavía se ignora si se trata de un alfabeto, de ideogramas o de jeroglíficos. Desde 1950 el científico alemán Thomas Barthel se dedica a descifrar estas tablillas, sin grandes resultados por ahora. Podemos ver que la Isla de Pascua está lejos de revelarnos todos sus secretos...

Misterios Pascuenses

La Función de los Moai- Es todavía un enigma y no es posible afirmar con certeza que se trate de monumentos ewregidos en honor a los muertos o a los ídolos. Hay autores que estiman que estas estatuas habrían tenido como misión velar sobre la isla, pero el hecho de que estén giradas hacia las tierras y no hacia el mar vuelve esta hipótesis poco creíble.¿El Vestigio de un Continente Perdido?.- La teoría de los continentes tragados por el Pacífico, de moda desde el siglo XIX, incluye a la Isla de Pascua. Desarrollando la idea de Philippe Sclater, quien acuñó el termino Lemuria en el año 1850, Elena Blatvasky, fundadora de la Sociedad Teosófica (1875), sostiene que los moai fueron construidos por los herederos de la Lemuria, un mundo altamente civilizado equivalente al de la Atlántida, pero situado en el océano Indico. El coronel Churchward ve en estos giganes de piedra pascuenses los vestigios de la avanzada civilización de Mu, que se habría extendido desde el norte de Hawai hacia el sur. Una línea trazada desde la Isla de Pascua y las Fiji demarcaba su límite meridional. Una tesis invalidada por la geología y la zoología moderna. Para otros, la Isla de Pascua no pertenece ni a Mu ni a ningún otro continente engullido por el Pacífico.
Visitantes Celestes.- Los pascuenses actuales más o menos mestizados afirman que estas estatuas representan ancestros poderosos, iniciados y poseedores del maná, es decir, un poder mental particular. Esto indujo a algunos autores my imaginativos a ver en ello la influencia de extraterrestres, altamente evolucionados, que habrían venido a iniciar a los autóctonos en el pasado. Para ellos, los moai serían una representación de los visitantes despaciales...










ANAKENA






ANAKENA

La playa de los reyes y de los moáis

Hay lugares que parecen haber sido elegidos por los hombres.

Y hay otros que dan la impresión de haber sido elegidos por los dioses.

Anakena pertenece a estos últimos.

Después de atravesar el paisaje volcánico y silencioso de Rapa Nui, cuando el camino parece avanzar hacia ninguna parte, aparece de pronto ante los ojos una franja luminosa de arena blanca, un mar de color turquesa y unas palmeras que se balancean lentamente bajo el viento del Pacífico.

Es difícil no detenerse.

Difícil no pensar que aquel lugar debió parecer extraordinario también a quienes llegaron aquí muchos siglos atrás.

Porque Anakena no es solamente una playa.

Es uno de los lugares donde comienza la memoria de Rapa Nui.


EL LUGAR DE LOS ARIKI

La tradición cuenta que fue en estas costas donde desembarcó Hotu Matu'a, el gran ariki y antepasado fundador de los rapanui, acompañado, según la tradición, por su hermana Avarei Pua.

Quizá por eso, cuando uno contempla Anakena desde cierta distancia, resulta inevitable imaginar aquellas primeras embarcaciones aproximándose lentamente a la orilla después de una interminable travesía por el Pacífico.

Frente a ellos habría aparecido una tierra desconocida.

Una isla volcánica perdida en la inmensidad del océano.

Y, finalmente, aquella playa.

La arena clara.

El agua tranquila.

La vegetación.

Un lugar donde comenzar de nuevo.

La tradición oral convertiría posteriormente Anakena en un espacio vinculado a los ariki, los antiguos gobernantes de la isla, y a sus familias.

El nombre mismo de Anakena procede, según la tradición local, de una pequeña cueva situada en una quebrada próxima a la playa.

Hoy todo parece tranquilo.

Pero cuesta imaginar cuántas historias pudieron desarrollarse alrededor de este pequeño territorio durante los siglos en que Rapa Nui construía su extraordinaria civilización.


UNA PLAYA EN EL FIN DEL MUNDO

Anakena se encuentra aproximadamente a treinta kilómetros de Hanga Roa.

Treinta kilómetros que, en otro lugar, quizá no significarían demasiado.

Aquí son diferentes.

Porque mientras uno avanza hacia Anakena tiene la sensación de alejarse progresivamente del mundo conocido.

El paisaje se vuelve más abierto.

La presencia humana desaparece.

El océano comienza a adquirir un protagonismo absoluto.

Y entonces aparece la playa.

Una amplia media luna de arena blanca coralífera, rodeada por vegetación y palmeras, junto a unas aguas que bajo determinadas luces adquieren tonalidades de azul y turquesa.

Es una visión casi contradictoria.

Rapa Nui puede ser áspera, volcánica, incluso severa.

Anakena, en cambio, parece generosa.

Como si la isla hubiera querido reservar en medio de su territorio un pequeño refugio.

Un lugar de belleza serena.

Un lugar para quedarse.


LOS SIETE GUARDIANES

Pero basta con levantar la mirada para comprender que Anakena no es una playa cualquiera.

Allí están ellos.

Los moáis.

Siete figuras que parecen custodiar desde hace siglos este rincón de la isla.

No tienen la expresión de quienes vigilan.

Tampoco parecen amenazar.

Hay en ellos algo mucho más profundo.

Una especie de melancolía mineral.

Una nostalgia que quizá no pertenece a las propias estatuas, sino a nosotros, que sabemos que quienes las levantaron desaparecieron hace mucho tiempo.

Ellos permanecieron.

Y permanecen todavía.

El conjunto más impresionante es el Ahu Nau-Nau, situado junto a la playa.

Cuando uno se acerca, la primera impresión es de grandeza.

Después aparece el detalle.

Las superficies de los moáis no son toscas.

Sus espaldas fueron cuidadosamente talladas.

La piedra conserva líneas, formas y detalles que revelan la extraordinaria capacidad de los escultores rapanui.

No estamos ante simples bloques de roca.

Estamos ante una obra concebida para durar.

Para sobrevivir a sus creadores.

Para enfrentarse al tiempo.


LOS PUKAO

Cinco de los moáis fueron levantados completos sobre el ahu, mientras otros dos quedaron quebrados.

Cuatro de aquellos gigantes llevan sobre sus cabezas los característicos pukao, enormes elementos realizados en toba roja que representan, tradicionalmente, el cabello recogido o el moño que llevaban los ariki.

Desde la distancia parecen sombreros.

Pero no lo son.

Son parte de un lenguaje simbólico mucho más complejo.

Cuando el sol incide sobre aquella piedra rojiza, el contraste entre el oscuro cuerpo de los moáis y el color cálido de los pukao resulta extraordinario.

Es entonces cuando Anakena adquiere una dimensión casi irreal.

Los gigantes parecen todavía más altos.

Más solemnes.

Más antiguos.

Y el visitante vuelve a experimentar aquella sensación tan característica de Rapa Nui:

el presente frente al pasado.


EL OJO QUE VOLVIÓ A MIRAR

Pero quizá uno de los episodios más fascinantes relacionados con los moáis de Anakena ocurrió cuando apareció algo que durante siglos había permanecido oculto.

Un ojo.

Un ojo de coral blanco, acompañado por una pupila realizada en escoria roja.

Durante mucho tiempo se había discutido cuál era realmente la función de los ojos de los moáis.

El descubrimiento proporcionó una evidencia extraordinaria.

Porque aquellas esculturas, una vez terminadas y colocadas sobre sus plataformas ceremoniales, podían ser completadas con ojos.

Y entonces la imagen cambia completamente.

Un moái sin ojos parece una figura incompleta.

Un moái con ojos parece vivo.

Parece mirar.

Parece adquirir presencia.

Aquel ojo encontrado en Anakena se conserva actualmente en el Museo Antropológico Sebastián Englert, en Hanga Roa.

Y quizá resulte difícil encontrar una pieza que explique mejor la relación entre el mundo material y espiritual de Rapa Nui.

La piedra podía representar al antepasado.

Pero eran los ojos los que parecían devolverle la mirada.


EL MISTERIO DEL AHU

Anakena guarda todavía más secretos.

Cerca de la playa existen otros ahu que hoy permanecen sin las estatuas que alguna vez pudieron sostener.

Son estructuras silenciosas, parcialmente absorbidas por el paisaje.

Quizá sean anteriores.

Quizá pertenecieran a otras etapas de la historia de la isla.

Y quizá, precisamente porque ya no tienen moáis, resulte más fácil imaginar lo que allí sucedió.

Uno puede caminar junto a aquellas piedras e intentar reconstruir mentalmente el lugar tal como debió ser siglos atrás.

Hombres transportando enormes bloques.

Personas preparando ceremonias.

Familias reunidas.

Sacerdotes.

Guerreros.

Niños.

Ancianos.

Una sociedad entera viviendo alrededor de estos monumentos.

Y después, lentamente, el silencio.


EL OCÉANO DETRÁS DE LOS REYES

Me gusta imaginar Anakena al final de la tarde.

El sol descendiendo lentamente.

La luz dorada extendiéndose sobre la arena.

Las palmeras moviéndose con el viento.

El mar respirando suavemente frente a la playa.

Y los moáis permaneciendo inmóviles sobre el ahu.

Quizá nadie pueda saber exactamente qué pensaban aquellos hombres cuando levantaban una estatua.

Pero podemos contemplar el resultado.

Y basta con hacerlo durante unos minutos para comprender que aquello no era únicamente arquitectura.

Era memoria.

Era identidad.

Era una forma de desafiar al olvido.

Los rapanui levantaron sus moáis para que los antepasados permanecieran presentes.

Y, de alguna manera, lo consiguieron.

Porque muchos siglos después seguimos llegando hasta ellos.

Seguimos preguntándonos quiénes fueron.

Seguimos intentando comprenderlos.

Seguimos fotografiándolos.

Seguimos hablando de ellos.


OVAHE, LA HERMANA PEQUEÑA

A menos de un kilómetro de Anakena, hacia Poike, aparece otra pequeña playa: Ovahe.

Es mucho más pequeña y tiene un carácter diferente.

Si Anakena transmite la sensación de ser un lugar abierto, luminoso y ceremonial, Ovahe parece esconderse.

Como si la isla hubiera reservado dos paisajes distintos a muy poca distancia.

Dos playas.

Dos formas de contemplar el Pacífico.

Dos escenarios dentro de una misma historia.

Pero Anakena posee algo que Ovahe no puede tener.

La presencia de los moáis.

Y eso transforma completamente la experiencia.


ANAKENA: DONDE EL TIEMPO SE DETUVO

Antes de abandonar la playa me quedé unos instantes contemplando nuevamente el Ahu Nau-Nau.

Los siete moáis permanecían allí.

El océano continuaba detrás.

Las palmeras se movían con el viento.

La arena seguía brillando bajo la luz.

Todo parecía exactamente igual que unos minutos antes.

Pero yo ya no lo veía de la misma manera.

Porque comprendí que el verdadero privilegio de Anakena no consiste únicamente en contemplar una de las playas más hermosas de Rapa Nui.

Consiste en estar en un lugar donde la naturaleza y la memoria se encuentran.

Aquí la playa cuenta una historia.

Las piedras cuentan otra.

Los moáis cuentan otra.

Y el océano, que estuvo presente antes de todas ellas, parece guardar la última palabra.

Quizá Hotu Matu'a contempló este mismo horizonte.

Quizá otros ariki caminaron por esta arena.

Quizá quienes esculpieron aquellos gigantes observaron alguna vez cómo el sol desaparecía detrás del Pacífico.

No podemos saberlo.

Solo podemos imaginarlo.

Y tal vez sea precisamente ahí donde reside la magia de Anakena.

Porque hay lugares que nos ofrecen respuestas.

Y hay otros que nos regalan algo mucho más valioso:

la posibilidad de seguir haciendo preguntas.

Anakena es uno de ellos.

Una playa blanca perdida en el océano.

Un antiguo territorio de reyes.

Un santuario de piedra.

Un lugar donde los antepasados todavía parecen mirar.

Y mientras uno se aleja por el camino, dejando atrás la arena y las palmeras, tiene la extraña sensación de que los moáis continúan allí, inmóviles, contemplando el horizonte.

Esperando.

Como llevan haciéndolo durante siglos.

Porque nosotros pasamos por Anakena.

Ellos permanecen.

 



















RAPA NUI


RAPA NUI






Partimos de Santiago de Chile en el aeropuerto de Arturo Merino Benitez,  tomamos el vuelo  LAN 841 DE LAS 8,20  y que llega a las 12,55, hay que tener en cuenta que el horario de la Isla de Pascua son 2 horas más que en Chile, no me olvidare de citar la fecha  esto sucedia el 10 de agosto del 2011.
Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Mataveri  íbamos con el convencimiento de que era un lugar mágico, quizás por el misterio en sí, o quizas por su lejanía, por su aislamiento  o posiblemente por todas estas cosas juntas.
El  Aeropuerto de Mataveri, es  la mínima expresión de lo que es un aeropuerto, al abrir la puerta del avión y asomamos la cabeza lo primero que sentimos fue una brisa de aire fresco acariciándonos la cara, luego esta brisa notamos que se transformaba realmente en viento y este fenómeno no nos abandonó hasta nuestra partida, el aeropuerto es  pequeño solo hay un avión el que aterriza y los pasajeros bajamos por la pista hasta salir del mismo, ya la primera impresión es de un sabor Polinésico, la luz es exuberante el verde de las plantas prevalecen sobre los demás colores sientes una sensación de fresco y limpieza en toda la isla, ya en la puerta del aeropuerto nos estaban esperando los guías para llevarnos al hotel los cuales nos recibieron con unos collares de flores dándonos la bienvenida, estos collares me recodaban las películas de aventuras por los mares del sur o en rebelión a bordo, donde la tripulación era agasajada con estos collares por bellas y jóvenes polinesias, hay que recordad que esta Isla esta ubicada Océano Pacífico en la Polinesia.
Algunas personas me preguntaron cuál es el motivo de viajar a La Isla de Pascua, que es lo que hay que valga la pena hacer tan largo viaje, yo siempre les respondo que si lo ven como un viaje, mejor que no vayan a La Isla de Pascua, ir a La isla de Pascua no es un viaje es “un sueño”
Tiene lo mejor de otras islas de la Polinesia: una costa excelente, gente agradable y mucha tranquilidad.(yo lo de gente agradable, no seria el termino que utilizaría precisamente, yo diría que son especiales)  Pero además ofrece atractivas tradiciones, pocos turistas y expresiones megalíticas muy originales.
Por cierto llegamos al mediodía al  Hotel Altiplánico y nos instalamos, aun no habíamos desempacado nuestra cosas cuando empezó a caer una tormenta tremenda con viento, frio etc. En aquellos momentos pensé que hago yo aquí en un lugar como este, afortunadamente a la mañana siguiente lucia un sol despanpanpanante y pudimos iniciar la visita de la Isla, Hay que decir que aquí el tiempo  es muy variable y tienes que estar preparado para todo igual tienes frio que tienes calor que te mojas y todo esto puede suceder en la misma hora.
El clima es marítimo y subtropical. Julio y Agosto, los meses de menor temperatura, tienen una media de 17,8°C. Febrero, el más caluroso, posee un promedio de 23,7°C. Hay lluvia durante todo el año. La media anual es de 1,138 mm: mayo es el mes más lluvioso. A pesar de su nubosidad, la isla es muy luminosa. Entre los chubascos suele abrirse el cielo con y con frecuencia se producen varios arcoiris a la vez.
Antes de describir mi experiencia permitirme que  que haga previamenter una introducción de su geografía e Historia para entender algo de lo que aquí se puede ver o suceder
Perdida en el silencio profundo del Océano Pacífico, reposa la isla de Rapa Nui, conocida también como la Isla de Pascua, . Sólo la curiosidad nos puede llevar a este sitio perdido, a una isla volcánica, sin árboles, sin otro interés más que los famosos Moais, las esculturas en piedra que dominan su paisaje, tristes, impávidos al paso del tiempo, y misteriosos. Continuamente, desde que Jacob Roggeveen en 1722 la descubriera a los europeos, a sus tierras se acercan antropólogos con el firme propósito de encontrar el porqué de su origen… y sin embargo, sobre cualquier teoría persisten los mitos, las leyendas de la isla, casi la superstición.
Destacada y reconocida en todo el mundo gracias a sus tesoros arqueológicos, sus estatuas de dimensiones magnificas que obedecen a una ubicación astral, sus jegloríficos aun sin ser descifrados, y vestigios de una cultura sin dudas superior
Para ubicar esta Isla y su historia vamos a definirla geográficamente: La Isla de Pascua o Rapa Nui se ubica en el extremo oriental del triángulo polinésico, en el Océano Pacifico. Está localizada a 3.700 kms de la costa chilena y a 4.000 kms. de Tahiti, en la Polinesia Francesa. Posee unas 16.600 hectáreas de superficie, caracterizándose por tener un clima oceánico subtropical con temperaturas extremas de 16º° y 28º Celsius.
Se ubica sobre el Océano Pacífico a unas 2.300 millas de Valparaíso, en el año 1935 fue nombrada como Monumento Histórico.
Posteriormente en 1995, por medio de la UNESCO, la región , que se denomina “Parque nacional Rap Nui” fue declarada Patrimonio de Mundo.
Con una superficie de 166 Km. cuadrados y forma triangular de un relieve sinuoso y árido, por su condición de zona volcánica. Cada ángulo corresponde a un volcán: Poike, Rano Kau y Maunga Terevaka. Todos inactivos.
El largo mayor es de 24 kilómetros y el ancho máximo, 12 kilómetros. El panorama de llanos y lomajes se eleva a un máximo de 560 metros en el volcán Mangua Terevaka. . Esta cubierta de rocas volcánicas que delatan su origen. Situada 500 kilómetros al oeste de la dorsal del Pacifico sobre la placa de Nazca, forma parte de la cadena volcánica submarina, activa y de alto flujo calórico, que se extiende a lo largo de los 27° de latitud sur y llega al continente sudamericano.
Si no existiese vegetación nos parecería avanzar por superficies lunares. Con los siglos, las lluvias semitropicales pasajeras pero constantes y la capa vegetal que trabajosamente ha ido formándose, la isla presenta una cubierta pastosa de gramíneas que en algunos sectores reverdece y se eleva en grupos de arboles y plantaciones artificiales, producto de la laboriosidad humana.
Geológicamente, Rapa Nui se formó a partir de erupciones volcánicas submarinas, producidas hace 3.000.000 años.
La Isla de Pascua o Rapa Nui,  perteneciente a Chile. Está considerada el ombligo del mundo, por ser el lugar habitado más aislado del planeta. También es el museo al aire libre más grande del mundo, por sus impresionantes y famosos moais, estatuas de piedra que llegan a medir hasta 10 metros de altura. Los moais son únicos en el mundo y fueron construidos por los rapanui, sutil pueblo de hermosas mujeres y de hombres amables. Más de 900 Moai y 270 Ahu o altares decoran todo el borde costero de la isla. El cómo se erigieron y cómo se trasladaron hasta donde hoy están es todo un misterio.
El pintoresco pueblo costero de Hanga Roa, capital de Isla de Pascua, o Rapa Nui en lengua local, es el hogar para la amplia mayoría de los escasos 3.000 habitantes de la isla. En él encontrarás todos los servicios turísticos, además de una amplia oferta culinaria y de entretenimiento nocturno. Debido a su pequeño tamaño, es un lugar acogedor y apacible, con un encanto que te cautivará. Visita la caleta de pescadores y ábrete a los isleños, que tienen una manera muy directa de relacionarse, desde luego es un lugar ideal para comer pescado fresco, como por ejemplo el atun.






HANGA ROA - ISLA DE PASCUA


HANGA ROA - ISLA DE PASCUA






El pintoresco pueblo costero de Hanga Roa, capital de Isla de Pascua, o Rapa Nui en lengua local, es el hogar para la amplia mayoría de los escasos 3.000 habitantes de la isla. En él encontrarás todos los servicios turísticos, además de una amplia oferta culinaria y de entretenimiento nocturno. Debido a su pequeño tamaño, es un lugar acogedor y apacible, con un encanto que te cautivará. Visita la caleta de pescadores y ábrete a los isleños, que tienen una manera muy directa de relacionarse.












Hanga Roa (pronunciado [aŋ.gaˈɾo.a ] o [ˈaŋ.ga ˈro.a], del rapanui Hanga Roa [ˈha.ŋa ˈɾo.a], "bahía larga") es la principal localidad y puerto de la Isla de Pascua, Chile, y la capital de la comuna y provincia homónimas. Administrativamente pertenece a la Región de Valparaíso. Prácticamente la totalidad de los habitantes de la isla se localizan en este poblado ubicado al suroeste de la misma, en las tierras bajas entre los volcanes extintos de Maunga Terevaka y Rano Kau.
Según el censo de 2002, la población de Hanga Roa era de 3.304 habitantes, lo que supone más del 87% de la población total de la Isla de Pascua.
Una de sus calles principales es la avenida Policarpo Toro, en dirección noroeste-sureste,1 nombrada en memoria del capitán Policarpo Toro, oficial naval chileno que anexionó la Isla de Pascua a Chile en 1888.

Oficina de correos en Hanga Roa.
El centro de la ciudad posee tiendas, hoteles, restaurantes, un supermercado y una farmacia Cruz Verde, además de los edificios públicos.
Al norte de la ciudad, en la zona de Tahai, se encuentra el Museo Antropológico Padre Sebastián Englert. En esa misma zona pueden visitarse tres plataformas sagradas que fueran restauradas con el fin de presentar los moais tal como se los podía ver cuando se los emplazó por primera vez, así como una tradicional casa-cueva sacerdotal. En Hanga Roa también destaca su iglesia parroquial (la iglesia de la Santa Cruz), que posee imnumerables tallas de madera de estilo pascuense, pero que representan a santos católicos. Entre estas imágenes, se distingue la de Santa María de Rapa Nui, que fue la primera imagen cristiana tallada en la isla. Se la considera como la patrona y protectora de la isla de Pascua.
La principal actividad de la localidad es el turismo, principalmente para ver los moais de la isla. Hanga Roa, recibe prácticamente en su totalidad, turistas a través del Aeropuerto Internacional Mataveri -cuya construcción se inició en 1965-, al que llegan aviones de LATAM (ex-LAN Airlines), la aerolínea nacional chilena, que ofrece vuelos directos a Santiago, Lima (Perú), y Papeete (Tahití, Francia) y es la única aerolínea comercial que con regularidad vuela a la isla.
Aparte del turismo (en la isla hay menos de 15 hoteles, todos en Hanga Roa), otras actividades en Hanga Roa son la pesca, la agricultura y la administración (ya que varios departamentos chilenos de gobierno incluyendo la Armada de Chile mantienen establecimientos aquí, la isla más occidental de Chile).
Playa Pea, ahora llamada Papa Hanga Roa, es una playa ubicada en el lado sur de la caleta de Hanga Roa y junto con las playas de Vai Uri, Tangaroa y Mataveri las más ideales para hacer surf, windsurf o kitesurf, entre otros deportes.
Historia
Los clanes rapanuis nunca residieron en este lugar, aunque sí lo conocían. Desde aquí partían los isleños para observar el mítico Rano Kau. Cuando el holandés Jakob Roggeveen descubrió la isla, atracó en un puerto natural, lo que hoy es Hanga Roa y desde donde partió a explorar la isla. Tras haber vuelto de su viaje, Jakob recomendó a algunos holandeses que partieran a esa isla en busca de fortuna y fama. En 1770, Hanga Roa, como la habían llamado los nativos, se había convertido en una aldea de unos 30 habitantes, la mayoría comerciantes de esclavos, que estuvieron exportándolos a América. Ya en 1885, cuando Chile quiso conquistar la Isla de Pascua, decidió colocar su campamento base allí, ya que sería un buen lugar para atracar los barcos de la armada y para exportar alimentos. Con el paso de los años, se convirtió en un pueblo.
fuente: Wikipedia


















RANO KAU





ISLA DE PASCUA RANO KAU

Rano Kau, también conocido como Rano Kao, es el volcán más grande y uno de los escenarios naturales más bellos e impresionantes que se pueden admirar en Isla de Pascua. La sensación de inmensidad y silencio, sólo interrumpida por el viento, el lejano ruido de las olas y el ocasional graznido de las aves marinas, hace de Rano Kau uno de los lugares favoritos e imperdibles de los visitantes.

Rano Kau es un volcán que esta dormido ubicado en el extremo suroeste de Isla de Pascua, el cual forma uno de los tres grandes conos que forman parte de la superficie de la isla. Tiene una altura de 324 msnm y de acuerdo con estimaciones geológicas su origen se remonta a un proceso eruptivo ocurrido hace unos 2,5 millones de años.

El cráter mide 1,5 km de diámetro y en su interior se encuentra una laguna, a unos 250 metros de profundidad terminando una pendiente bastante pronunciada. En la laguna existen pequeñas islas de totora y una abundante vegetación y microfauna. En la parte superior del cráter, en el extremo suroeste existe una fractura conocida como Kari-Kari.

Cerca del borde más angosto y en el extremo Oeste del volcán está la Aldea Ceremonial de Orongo, conformada por 50 casas de piedra de forma elíptica que ofrecen una perfecta visión de los tres islotes que hay frente al Rano Kau. Esta aldea era habitada solamente en los días que precedían a la ceremonia del Hombre Pájaro o Tangata Manu que se celebró hasta finales del siglo XIX.




AEROPUERTO INTERNACIONAL MATAVERI





MATAVERI

El aeropuerto del fin del mundo

Hay aeropuertos que son lugares de paso.

Uno llega, espera, embarca y se marcha. Lugares impersonales donde las personas parecen existir solamente durante unos minutos entre una ciudad y otra.

Pero hay aeropuertos que son algo diferente.

Aeropuertos que, antes incluso de pisar la tierra a la que conducen, ya forman parte del viaje.

Mataveri es uno de ellos.

Cuando el avión comienza a descender sobre Rapa Nui, después de horas de océano, el viajero tiene la extraña sensación de estar llegando a un lugar que no debería encontrarse allí.

Abajo está el Pacífico.

Nada más.

Un océano inmenso, interminable, sin carreteras, sin ciudades, sin las luces de una costa que anuncien la proximidad de la tierra.

Y entonces, casi de repente, aparece la isla.

Pequeña.

Volcánica.

Verde y oscura en algunos lugares, dorada en otros.

Una tierra aislada en medio de una inmensidad azul.

Y allí, extendiéndose sobre ella como una cicatriz perfectamente trazada, aparece la pista de Mataveri.

Has llegado a Rapa Nui.


LOS «OJOS BONITOS»

El nombre rapanui, Mataveri, ha sido asociado tradicionalmente con la expresión «ojos bonitos».

Es un nombre hermoso para un aeropuerto situado en uno de los lugares más remotos del planeta.

Porque los ojos son precisamente lo primero que necesita el viajero cuando llega aquí.

Hay que mirar.

Mirar mucho.

Mirar el océano.

Mirar los volcanes.

Mirar las praderas abiertas.

Mirar el horizonte.

Y, sobre todo, mirar los moáis que esperan en algún lugar de la isla.

Mataveri es la puerta de entrada a ese mundo.

Pero es una puerta muy particular.

Porque detrás de ella no hay una gran ciudad.

No hay una autopista esperando.

No hay un paisaje urbano que conduzca progresivamente hacia el destino.

Hay una isla.

Y, más allá de la isla, el océano.


UNA PISTA FRENTE AL INFINITO

La pista de Mataveri tiene aproximadamente 3.438 metros de longitud.

Cuando uno la contempla desde el aire resulta difícil comprender por qué una isla tan pequeña necesita una pista de semejantes dimensiones.

Pero basta con recordar dónde estamos para entenderlo.

Aquí todo está condicionado por la distancia.

La distancia respecto al continente.

La distancia respecto a otras islas.

La distancia respecto a cualquier lugar que pueda proporcionar una alternativa.

Rapa Nui está sola.

Y su aeropuerto también parece participar de esa soledad.

La pista se extiende sobre la tierra volcánica y desaparece prácticamente en el horizonte.

Durante unos instantes, mientras el avión se aproxima, uno tiene la sensación de que aquella franja de asfalto no está allí para conectar dos lugares.

Está allí para unir una isla perdida con el resto del mundo.


EL ÚLTIMO HORIZONTE

Durante siglos, llegar a Rapa Nui significaba enfrentarse al océano.

Los antiguos navegantes polinesios no disponían de pistas, motores ni instrumentos modernos.

Tenían estrellas.

Corrientes.

Vientos.

Conocimientos transmitidos de generación en generación.

Y una extraordinaria capacidad para orientarse en un océano que, para cualquier otro, habría parecido infinito.

Hoy llegamos de una manera muy diferente.

Nos sentamos en un avión, cerramos el cinturón y dejamos que una máquina atraviese miles de kilómetros de océano.

Pero cuando el avión comienza a descender, algo de aquella antigua sensación regresa.

La tierra aparece después de horas de azul.

Y uno comprende que está llegando a un lugar verdaderamente remoto.

Mataveri no es solamente un aeropuerto.

Es el último horizonte antes del aislamiento.


LA PUERTA DE RAPA NUI

Al abandonar el avión, la primera impresión no es la de un aeropuerto convencional.

Todo parece tener otra escala.

El aire.

La luz.

El horizonte.

El paisaje.

No hay esa sensación de estar entrando en una gran terminal internacional.

Aquí el aeropuerto parece pertenecer a la propia isla.

Pequeños establecimientos, servicios para los viajeros, tiendas de recuerdos y espacios destinados a la llegada de visitantes forman parte de ese primer contacto con Rapa Nui.

Hoteles y alojamientos reciben a quienes llegan.

Algunos viajeros esperan sus equipajes.

Otros buscan dónde cambiar dinero.

Algunos ya están haciendo fotografías.

Y otros simplemente permanecen unos segundos quietos, intentando asimilar una idea:

están en Isla de Pascua.

Una isla que tantas veces habían visto en fotografías y que ahora se encuentra bajo sus propios pies.


CUANDO EL TURISMO CAMBIÓ LA ISLA

El aeropuerto transformó profundamente la relación de Rapa Nui con el mundo exterior.

La conexión aérea regular hizo posible que la isla dejara de ser un destino reservado a expediciones excepcionales y comenzara a recibir un número creciente de viajeros.

Con ellos llegaron nuevas oportunidades.

Hoteles.

Restaurantes.

Comercio.

Servicios turísticos.

Empleo.

Pero también nuevos desafíos.

Porque cada visitante que llega a Rapa Nui pisa un territorio extremadamente frágil.

Una isla pequeña.

Un patrimonio arqueológico extraordinario.

Un ecosistema limitado.

Y una cultura que durante siglos sobrevivió prácticamente aislada.

Mataveri abrió la puerta.

Pero abrir una puerta también significa aceptar la responsabilidad de decidir cuántas personas pueden atravesarla sin poner en peligro aquello que encuentran al otro lado.


ENTRE SANTIAGO Y PAPEETE

Mataveri se encuentra a miles de kilómetros de Santiago de Chile.

Y también a miles de kilómetros de Papeete, en Tahití.

Dos direcciones.

Dos mundos.

Dos extremos de una misma historia oceánica.

Por un lado, Chile continental.

Por otro, la Polinesia.

Y en medio, Rapa Nui.

Una pequeña isla que geográficamente pertenece a Chile, pero cuya historia, cultura y raíces se encuentran profundamente vinculadas al universo polinesio.

Quizá por eso este aeropuerto tiene un significado especial.

No solo conecta destinos.

Conecta mundos.

Desde aquí parten y llegan vuelos que hacen posible esa extraordinaria contradicción geográfica: una isla polinesia integrada políticamente en Chile y situada a una distancia enorme de ambos extremos.


EL VIAJERO QUE LLEGA

Recuerdo esa sensación.

Uno baja del avión y durante unos instantes todavía permanece atrapado en la lógica del viaje.

Las horas de vuelo.

Los aeropuertos anteriores.

Los controles.

Las maletas.

Los horarios.

Pero poco a poco todo aquello comienza a desaparecer.

La isla empieza a imponerse.

El viento.

La luz.

El olor del océano.

La inmensidad del cielo.

Y entonces aparece una certeza.

Ya no estás viajando hacia Rapa Nui.

Ya estás en Rapa Nui.

Y eso lo cambia todo.


DESPEGAR DE MATAVERI

Hay algo especialmente emocionante en abandonar la isla.

Quizá porque, mientras el avión asciende, Rapa Nui vuelve a convertirse lentamente en lo que realmente es:

un pequeño punto de tierra en medio de un océano gigantesco.

Desde la ventanilla se contempla cómo la pista se hace cada vez más pequeña.

Después desaparecen las carreteras.

Las casas.

Los volcanes.

La costa.

Y finalmente queda solamente la isla.

Pequeña.

Hermosa.

Solitaria.

El avión continúa ascendiendo y el Pacífico vuelve a ocupar todo el campo de visión.

Entonces comprendes por qué Rapa Nui ha fascinado a tantas generaciones.

No es únicamente por sus moáis.

No es únicamente por sus volcanes.

No es únicamente por sus leyendas.

Es porque existe algo profundamente humano en llegar hasta una tierra que parece imposible.


EL AEROPUERTO DEL FIN DEL MUNDO

Quizá por eso Mataveri permanece en la memoria de quien visita Rapa Nui.

No porque sea el aeropuerto más grande.

Ni el más moderno.

Ni el más espectacular.

Sino porque es la puerta de un lugar extraordinario.

Un lugar que durante siglos estuvo separado del resto del mundo por miles de kilómetros de océano.

Un lugar al que los antiguos llegaron navegando con las estrellas como guía.

Y al que nosotros llegamos hoy siguiendo las rutas trazadas por los aviones.

Dos formas completamente diferentes de viajar.

Pero una misma emoción:

la de llegar a una isla perdida en el Pacífico.

Mataveri es el lugar donde comienza el viaje.

Y también el lugar donde, cuando llega la hora de marcharse, uno comprende que hay viajes que no terminan cuando el avión despega.

Porque cuando la isla desaparece detrás de las nubes, los moáis continúan allí.

El océano continúa allí.

El viento continúa recorriendo las laderas de los volcanes.

Y en algún lugar de la memoria queda aquella primera visión de Rapa Nui apareciendo desde el aire.

Una pequeña tierra en medio de la inmensidad.

Una isla que parece imposible.

Y una pista de aterrizaje tendida sobre ella como un puente entre dos mundos.

Mataveri: la puerta de entrada a una isla que durante siglos estuvo sola frente al océano y que, aun hoy, conserva intacta la sensación de estar en el fin del mundo